Militarismo ecocida


 Si en las democracias occidentales se preguntara a la ciudadanía si sus ejércitos habrían de crear infraestructura pública en lugar de hacer la guerra, seguramente optarían por ello. En la película “El mayor enemigo de la tierra", resultado de cinco años de trabajo, Abby Martin documenta el costo ambiental del imperio estadounidense.

Como mexicano, me alucina cuando personas en Europa expresan preocupación por el ‘militarismo’ en México o el presunto ecocidio del Tren Maya. Y es que efectivamente ambos, militarismo y ecocidio, forman un binomio recurrente de la oposición en México en un relato que se proyectó con eficacia en medios internacionales.

Desmenucémoslo un poco.

Por un lado, los mexicanos despiertos sabemos que desde 2018 el creciente papel de las fuerzas armadas, que llevó a un mayor presupuesto a la Secretaría de la Defensa Nacional (SEDENA), nada tiene que ver con la adquisición de armamento para la guerra, con facilitar la represión a los movimientos sociales o minar el derecho a la protesta.

En cambio, además de ejercer funciones en materia de seguridad, las fuerzas armadas mexicanas, en tiempos de la Cuarta Transformación, han construido aeropuertos y ferrocarriles (como el Tren Maya), modernizado puertos, creado la red del Banco del Bienestar que permite dispersar fondos de programas sociales y ofrecer servicios bancarios a quienes no los tenían, entre otras encomiendas.

También operan servicios aéreos, aeroportuarios y trenes —incluyendo los que construye la presente administración— dentro del grupo de empresas públicas Grupo Mundo Maya.

Si bien hay cuestiones que cuidar para mantener un balance real entre actores civiles y militares en este ‘militarismo civil’, como le denomina el estudioso en la materia Sebastián Raphael, éstas distan mucho de las preocupaciones que la humanidad tiene frente al verdadero militarismo, el de la destrucción y la muerte, y el papel que éste tiene en el sufrimiento de porciones enteras de la población mundial y la destrucción de la vida en el planeta.

En cuanto al Tren Maya, cuya construcción tuvo inevitablemente impactos ambientales incluyendo la deforestación de 6,659 hectáreas de selvas (de acuerdo con el Centro Mexicano de Derecho Ambiental), los medios nacionales y extranjeros obviaron el hecho de que de manera simultánea más de 400 mil hectáreas en la región fueron reforestadas como parte de Sembrando Vida y que la Reserva de la Biosfera Calakmul, la más importante de la Selva Maya, segunda en importancia en nuestro continente luego de la amazónica, no solo incrementó su polígono en 5 mil hectáreas sino que sus zonas núcleo —aquellas con las medidas más estrictas para la conservación— pasaron de 200 mil a 519 mil hectáreas.

Además, el impacto ambiental que supuso la construcción del Tren Maya palidece frente a los múltiples ecocidios que a lo largo de los años han visto las comunidades locales, de los que desde el centro del país y el extranjero se habló —y se habla— poco.

En contraste con lo que ocurre en México, en Europa inicia un rearme y con ello la conformación de economías para la guerra, que pese a discursos de soberanía beneficiarán sobre todo al complejo militar-industrial-digital de Estados Unidos.

Para financiarlo, los países miembros de la OTAN realizan ajustes sobre todo en su gasto social, en un horizonte a diez años para ‘lograr’ dedicar el 5% de sus respectivos PIB a seguridad nacional.

Ninguno de estos países se salvará del impacto social de este rearme; ni Alemania, que desde la Segunda Guerra Mundial abandonó, primero por la fuerza y luego por opción, el militarismo; tampoco Suecia, que durante mucho tiempo no sólo rechazó el militarismo sino que llegó a financiar movimientos sociales para la paz; para Holanda significará duplicar su gasto en defensa en los próximos diez años, lo que supondrá austeridad para su pueblo.

Vaya, ni siquiera se librará España, pese al discurso reciente de Pedro Sánchez de ‘No a la guerra’.

Lo singularmente patético es que esto se dé por exigencia de Donald Trump, criminal convicto y peligroso narcisista que junto con el psicópata de Netanyahu está dispuesto a llevar al mundo a la Tercera Guerra Mundial o a una debacle nuclear, lo que expertos consideran cada vez más posible dada la humillación que sufren Estados Unidos e Israel a dos semanas de su agresión militar a Irán.

Es cada vez más claro que hoy día Europa carece de liderazgos que velen por los intereses de sus pueblos y por el futuro de la humanidad. Sus máscaras en torno al respecto al derecho internacional o el medio ambiente han caído y sus verdaderos rostros son visibles para la mayoría global.

Todas las guerras causan destrucción y sufrimiento humano —son su finalidad— y traen consigo impactos ambientales locales, regionales y globales. Pero la capacidad destructiva de nuestros días es mucho mayor a la que había en décadas anteriores, y la crueldad de quienes las impulsan parece ser también mayor, como lo mostró el ataque a los depósitos petroleros de Teherán, en los hechos un arma química que tendrá repercusiones en la salud de millones de personas.

Como reporta el Observatorio de Conflicto y Medio Ambiente, los incidentes de contaminación en el Medio Oriente desde que Estados Unidos inició esta guerra, están poniendo a las personas y a los ecosistemas en riesgo de sufrir daños graves y a largo plazo, y las tendencias apuntan a un daño medioambiental regional considerable a medida que la guerra continúa.

Sin embargo, no hace falta hacer la guerra para que el verdadero militarismo cause daños inmensos e irreversibles a los sistemas que soportan la vida en el planeta.

En espacios alternativos de Estados Unidos se proyecta ya la película Earth’s Greatest Enemy (el mayor enemigo de la tierra) que documenta el costo ambiental del imperio estadounidense —el más grande de la historia.

El documental es resultado de cinco años de trabajo de la periodista de investigación y documentalista estadounidense Abby Martin, quien junto con su pareja Michael Prysner, veterano de la guerra en Irak, se han dispuesto a ayudar a los ciudadanos de su país a abrir los ojos, y al movimiento ambientalista global a revisar sus causas y consignas.

Por supuesto que no son los primeros en conectar el colapso climático y la crisis ambiental con el capitalismo y sus instrumentos imperiales como la guerra continua, y destacadas figuras del movimiento ambiental global han padecido las consecuencias de este vuelco en la comprensión del problema y de un activismo más radical.

De esto puede dar cuenta la joven sueca Greta Thunberg, quien dejó de ser la estrella para los medios y políticos occidentales en cuanto se activó contra el genocidio en Gaza.

Lo que allí comete el estado de Israel con aval de Estados Unidos y las potencias europeas dividió al movimiento de jóvenes por el clima en ese continente, pues a otros de sus líderes más prominentes, como la alemana Luisa Neubauer, les resulta incómoda la posición de Greta.

Así, el genocidio contra el pueblo palestino convirtió a Thunberg en enemigo de los poderosos, como el billonario tecnológico y fundador de Palantir Technologies Peter Thiel, quien en una reciente serie de conferencias sobre el anticristo dijo que éste bien podría ser “alguien como Greta”.

El documental busca contar la historia completa de las crisis existenciales a las que conlleva el militarismo de Estados Unidos y brinda datos vertiginosos. Su ejército consume (aún sin hacer la guerra) alrededor de 270,000 barriles de petróleo cada día, lo que equivale a 55 millones de metros cúbicos anuales de gases de efecto invernadero.

Ese ejército es por sí solo el mayor contaminador del mundo, consumiendo más combustibles fósiles que 150 países. No debería sorprendernos el hecho de que su gobierno ha logrado mantener las emisiones militares fuera de la contabilidad reportada a la comunidad internacional.

La película narra también los impactos que causan las instalaciones militares dentro y fuera de Estados Unidos (tiene entre 800 y mil en todo el mundo) así como las resistencias locales para expulsarlas, ya sea en Hawaii o en Okinawa en Japón, y da voz al movimiento de veteranos que, afectados física y psicológicamente y son abandonados por su gobierno y tratados como desechos humanos de las guerras.

De esta manera Abby Martin busca contagiar el enojo y la rabia en contra del monstruo del imperialismo, pero también la inspiración y la esperanza, pues cada vez más personas, dentro y fuera de su país, unen los puntos de las diferentes crisis y se movilizan para enfrentar al enemigo mayor de la humanidad y del planeta.

Si en las democracias occidentales se preguntara a la ciudadanía si sus ejércitos habrían de crear infraestructura pública en lugar de hacer la guerra, seguramente optarían por ello, pero sus gobiernos y los medios no están listos para esa conversación.

Étienne von Bertrab

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