La cultura del esfuerzo
"La ideología del “sin esfuerzo” se ha impuesto muy fácilmente en el mundo educativo".
Sin esfuerzo no se puede aprender
La cultura del esfuerzo es la asignatura pendiente de
nuestro sistema educativo. Casi nadie habla de ella pese a que es evidente que
sin esfuerzo es imposible aprender nada. Es sorprendente ver con qué facilidad
los ideólogos del “aprender sin esfuerzo”
han conseguido que unos padres que entienden que sus hijos se han de esforzar
en sus aficiones, ya sean deportivas, musicales, del aprendizaje de lenguas
extranjeras, etc., piensen, en cambio, que para algo mucho más importante, como
es obtener unas buenas calificaciones en sus estudios de enseñanza primaria y
secundaria, no sea también necesario realizar ese mismo esfuerzo.
Deberían haberse dado cuenta de que no es normal que sus
hijos no tengan que hacer deberes de un día para otro, que no sepan cosas
básicas para su edad y que, pese a ello, de forma inexplicable, al final de
curso lo aprueban todo y pasan al curso siguiente. Con ese no querer ver que
esto no es normal, no solo los están perjudicando, sino que se están
perjudicando a sí mismos, porque los van a tener en casa toda la vida, ya que
nadie va a contratar a personas poco preparadas y poco trabajadoras.
Esta situación tiene una explicación, se debe a que en la
ideología reinante en el mundo educativo de nuestro país, no se quiere aceptar
que para aprender es necesario esforzarse, porque el objetivo de nuestro
sistema educativo no es conseguir personas con hábitos de estudio, capacidad de
trabajo, seguras de su preparación y emprendedoras, sino personas sin todas
esas cualidades, es decir personas que se saben incapaces de salir adelante
solas, que son dependientes de que el gobierno de turno les dé un mínimo vital
para subsistir y que se disculpan a sí mismas considerándose víctimas de alguna
causa.
Paradójicamente esto es cierto, porque el sistema educativo
les ha conducido a aceptar vivir con pocos recursos pero, eso sí, sin trabajar.
Constantemente aparecen personas que se presentan como
grandes expertos en temas educativos, personas que dan conferencias y sientan
cátedra sobre lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer, que presentan
innovaciones didácticas que, según ellos, son muy esperanzadoras, que insisten
en que lo primero que hay que conseguir es motivar al alumnado, como si eso
fuera educar, etc.
Sorprendentemente estos gurús de la educación no dicen nada
o casi nada de la necesidad de que el alumno se haya de esforzar en aprender,
es más, lo intentan justificar diciendo que todavía son niños, o están en la
edad de la adolescencia o el profesor es demasiado exigente, etc. Con tanta
justificación de la falta de esfuerzo del alumno, su aportación a la mejora de
la enseñanza es prácticamente nula.
La ideología del “sin
esfuerzo”
La ideología del “sin esfuerzo” se ha impuesto muy
fácilmente en el mundo educativo. La razón es porque el ser humano solo se
esfuerza si es necesario.
En la enseñanza esto se
concreta en si es o no es necesario aprobar los exámenes para promocionar de
curso. En nuestro país, en cuanto dicha necesidad despareció porque con el
actual sistema todo el mundo promociona, sepa o no sepa, el alumnado dejó de
esforzarse. Algunos padres se han dado cuenta de que cuando preguntaban cosas
básicas a sus hijos, éstos no las sabían y han ido a los colegios a protestar.
Lamentablemente esto no ha servido para arreglar la
situación, ya que los centros educativos les han contestado que ellos habían de
cumplir la ley de educación, que actualmente es la LOMLOE, y que debían
mantener los porcentajes de aprobados que la inspección consideraba correctos,
por lo que no podían cambiar nada.
Para contrarrestar las
protestas de esos padres y de muchos profesores que se han quejado de lo mismo,
los ideólogos que hay detrás de este tipo de leyes educativas, han generado una
crítica a la cultura del esfuerzo, la que se podría denominar “la cultura del anti-esfuerzo o cultura de la
autocompasión”.
En ella se defiende que no
todos los alumnos son iguales, que hay alumnos a los que no les cuesta estudiar
o trabajar porque han nacido así, pero que en cambio hay otros alumnos a los
que les cuesta mucho hacerlo, y que no todos los alumnos están en las mismas
situaciones anímicas, ni en las mismas circunstancias.
Exigirles esfuerzo a estos
últimos les podría generar ansiedad, depresión y frustración al ver que no son
capaces de conseguirlo, les podría provocar una baja autoestima y un cuadro de
tristeza continuada. Para evitarles esta situación dicen que hay que
recomendarles que reduzcan su autoexigencia y el perfeccionismo, que no son dos
virtudes sino dos defectos alentados por la cultura del esfuerzo.
Lo que proponen es fomentar que los alumnos aprendan a
aceptarse tal y como son, con sus limitaciones, en vez de intentar cambiar, que
han de quererse a sí mismos con sus defectos, para así encontrarse bien consigo
mismos. Además, recomiendan que en esa tarea, es muy bueno pedir ayuda a un
especialista, como un pedagogo o un psicólogo especializado, como son ellos.
Por otro lado, atacan la cultura del esfuerzo diciendo que
ideas como “si te esfuerzas más, las
cosas irán mejor”, “tal vez no te has
esforzado lo suficiente”, “querer es
poder”, etc., en realidad forman parte de una estrategia de los profesores
que defienden el esfuerzo, para imponer su metodología y sus ideas a los
alumnos, al igual que también las utilizan los empresarios para explotar a los
trabajadores.
Según ellos, la cultura del esfuerzo es la manera que
tienen los de arriba para generar el sentimiento de culpa en los de abajo. Esto
es justamente la estrategia que recomendaba el filósofo italiano Gramsci en sus
escritos, para conseguir la hegemonía cultural comunista en los países con una amplia
clase media.
Las personas educadas en la cultura del esfuerzo
El objetivo de la educación de un niño es prepararlo para
la vida de adulto. Se trata de conseguir que sea una buena persona y que sea
capaz de aprovechar al máximo todas sus potencialidades intelectuales, físicas,
artísticas, etc. Todo esto no se puede conseguir sin el esfuerzo tanto de sus
padres y educadores como de él mismo. Es una tarea difícil y que no acaba
nunca, por lo que siempre se ha de estar intentando conseguirlo.
Cuando en una clase de
primaria o de secundaria un profesor explica un determinado tema, luego encarga
unos ejercicios para presentar al cabo de unos días y cuando avisa de la fecha
en que se hará un examen de todo el tema, muchas veces lo más importante para
la posterior vida del alumno, no es conseguir que recuerde el tema concreto
explicado durante toda su vida, sino que haciendo todo esto se está ayudando a
dicho alumno a mejorar su capacidad de atención, a adquirir un hábito de
trabajo, a consolidar su grado de responsabilidad en la entrega puntual de los
trabajos y a fortalecer su compromiso con hacer bien la tarea, es decir a
aumentar su capacidad de esfuerzo.
Esta es una virtud que le servirá para sus posteriores
estudios, para su vida laboral y también para su vida familiar y de amistades,
es decir para toda su vida de adulto.
Mediante la filosofía de la cultura del esfuerzo se
consigue hacer personas que se valen por sí mismas, que no dependen de la ayuda
continua de los demás para todo lo que hacen, que tienen capacidad emprendedora
y que no se frustran cuando las cosas les salen mal, sino que aprenden de sus
errores, que tienen una buena autoestima, que afrontan las dificultades de
forma más realista y positiva y que, en consecuencia, tienen más empatía con
todos los demás.
No educar a las personas en la cultura del esfuerzo, como
se está haciendo ahora en nuestro país debido a nuestro actual nefasto sistema
educativo, no solo es perjudicarles a ellos, sino que es perjudicar a toda la
sociedad actual y futura, ya que, por ley natural, ellos son los que habrán de
asumir todas las tareas de nuestro país.
Cómo educar en la cultura del esfuerzo
La educación en la cultura del esfuerzo la han de hacer
tanto los padres como los maestros y profesores. Evidentemente los padres son
los primeros y los principales responsables de la educación de sus hijos,
mientras que los centros educativos son los responsables de enseñarles unos
determinados conocimientos y, a través de esa enseñanza, también educarlos. Así
pues, la educación en la cultura del esfuerzo la han de empezar los padres y la
han de continuar los docentes en comunicación constante con los padres.
A continuación se exponen algunas ideas básicas sobre la
educación en la cultura del esfuerzo:
Los niños, desde sus primeros años, han de saber que tienen
una serie de tareas a realizar en la casa, es decir unas obligaciones a
cumplir. Hay que explicarles que ellos son los responsables de que se hagan, es
decir que tienen un compromiso consigo mismos de hacer esa tarea y de hacerla
bien, porque así las otras personas con las que vive se puedan beneficiar de
ello. Se trata pues de que entiendan que hay un equilibrio entre derechos y
deberes, entre libertad y responsabilidad.
Otra idea básica es que si los adultos solucionan las
pequeñas obligaciones que tienen los niños y les permiten que ellos consigan
todo lo que les apetece de forma rápida y fácil, estarían contribuyendo a
generar adultos dependientes, con poca capacidad de superar las frustraciones,
con sentimientos de insatisfacción personal y con escasa empatía con los demás.
En resumen, los niños han de saber que sus obligaciones las han de hacer ellos,
que pueden pedir ayuda, pero que siempre deberán hacer un esfuerzo personal.
Por otro lado, los educadores,
tanto padres como docentes, siempre deben exaltar al máximo el esfuerzo que el
educando ha hecho en el cumplimiento de sus obligaciones, aunque las cosas no
estén perfectamente bien hechas.
Se trata de crear una relación directa entre hacer una cosa
bien y ser felicitado por ello. Hay que tener presente que nadie hace
perfectamente bien las cosas la primera vez que las hace. Si el educador se
focaliza en los pequeños aspectos que podrían estar mejor, desaprovecharía la
oportunidad de conseguir que el educando desee esforzarse de nuevo.
Otro aspecto fundamental es enseñarles a superar la
frustración que se siente cuando las cosas no salen bien pese al esfuerzo
realizado. Hay que explicarles que no todo se puede conseguir “aquí y ahora”, que se puede aprender más
de lo que no sale bien, que de lo que sale bien a la primera, es decir hay que
hablarles de la virtud de la perseverancia, de la superación de uno mismo
gracias a la constancia en el esfuerzo, que así se consiguen cosas que ni la
propia persona se imaginaba que ella podía conseguir y del gran servicio a los
demás que ahora ella puede hacer.
Al hablar con los adolescentes en lugar de darles consejos
es mucho mejor hacerles preguntas, para conseguir que sean ellos los que
encuentren las respuestas, las soluciones, las acciones a realizar para
conseguir sus objetivos, aunque nos pueda parecer que se equivocan, porque todo
el mundo necesita equivocarse algunas veces para aprender.
En cuanto a nuestro sistema
educativo, para fomentar la cultura del esfuerzo hay que establecer las
siguientes dos medidas: La primera es conseguir que exista una prueba externa
al final de la Primaria y otra al final de la ESO que tengan valor académico,
es decir que sea necesario superarlas para poder pasar a la etapa siguiente. La
segunda medida es conseguir que existan varios itinerarios académicos a partir
de los 13 años, es decir a partir del tercero de ESO, para que cada alumno, en
función de sus calificaciones, pueda elegir aquel itinerario que mejor se
adecúa a sus capacidades e intereses de futuro, porque todos los alumnos tienen
derecho a encontrar un itinerario académico en el que puedan obtener las
mejores calificaciones.
Evidentemente esto implica que
en la prueba externa de ESO debería haber al menos dos tipos de pruebas de
diferente dificultad según se pretenda acceder a la Formación Profesional o al
Bachillerato.
Ojalá acabemos pronto con los sistemas educativos basados
en la cultura del sin esfuerzo y así volvamos a ser un país con futuro.
Antonio Jimeno
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