Salvar los mínimos
«La democracia es el régimen del conflicto regulado».
La frase es de Norberto Bobbio, uno de los grandes
pensadores del constitucionalismo europeo. Y explica bien qué debería ser la
política: discrepancia, rivalidad, tensión, sí —pero siempre dentro de unos
límites que permitan gobernar. La negativa de ERC a apoyar los presupuestos del
Govern de Salvador Illa se inscribe, en parte, en esta lógica. Los republicanos
buscan los máximos. Quieren marcar perfil propio y evitar quedar diluidos en
una legislatura que no lideran. Es legítimo. Forma parte del juego democrático.
Sin rivalidad política, de hecho, la democracia se empobrece. El problema es
que el conflicto, cuando se prolonga demasiado, deja de ser motor político y se
convierte en bloqueo institucional.
Cataluña hace demasiado tiempo
que vive en este equilibrio precario. Presupuestos prorrogados, negociaciones
eternas, geometrías parlamentarias imposibles. El país sigue estirando un
chiste que ya viene de 2023, como si la política pudiera funcionar
indefinidamente con presupuestos caducados. Y no puede. Es cierto que ERC tiene
motivos para presionar.
También es cierto que los gobiernos —todos— necesitan
contrapoderes parlamentarios que les recuerden que gobernar no es imponer. Pero
llega un momento en que la política debe distinguir entre los máximos deseables
y los mínimos necesarios.
Unos presupuestos imperfectos siempre son mejores que
ningún presupuesto. Sobre todo en un contexto económico y social tan delicado
como el actual. Con inflación aún persistente, servicios públicos tensionados y
retos estructurales que no se resuelven con prórrogas administrativas. Gobernar
con cuentas antiguas no es solo una incomodidad política; es una forma lenta de
erosionar la capacidad de acción pública.
Hay, además, un precedente que conviene recordar. Cuando el
presidente era Pere Aragonès, el PSC de Illa se mostró dispuesto a facilitar
los presupuestos del Govern republicano. No era un acto de afinidad ideológica,
sino de responsabilidad institucional. Aquel intento no prosperó —el veto de
los Comunes lo impidió—, pero la disposición estaba.
La pregunta, hoy, es
inevitable: ¿vale la pena ponerlo todo en riesgo? ¿Forzar unas nuevas
elecciones? ¿Reabrir una partida política que puede acabar fragmentando aún más
el Parlament y haciendo aún más difícil gobernar?
La política democrática
necesita rivalidad, pero también necesita momentos de responsabilidad
compartida. Saber cuándo apretar y cuándo dejar pasar. Cuándo competir y cuándo
sostener.
Porque hay una diferencia entre defender una posición y
llevarla hasta el punto de hacer ingobernable el sistema.
Albert Camus lo formulaba con
una lucidez que sigue siendo vigente:»¿El
fin puede justificar los medios? Quizá. Pero ¿quién justificará el fin?».
La política catalana, tan acostumbrada a las grandes
batallas simbólicas, debería recordar que también existe otra forma de coraje:
saber cuándo es el momento de salvar los mínimos.
Xavier Ribera
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