Isabel la católica a ratos
La libertad bien entendida empieza por Ayuso misma.
Hay mucho cachondeo en las
redes ante una entrevista reciente en la que Isabel Díaz Ayuso se declara
católica apostólica romana. Lo primero que cabe decir es que la entrevista se
publica en OK Diario, lo segundo es que la firma Eduardo Inda y lo tercero es
que la entrevistada es Isabel Díaz Ayuso.
Bastaría cualquiera de esos
tres datos para colocar esas páginas entre paréntesis, encerrarlas en una
carpeta de plomo y depositar la carpeta bajo el Sarcófago de Chernóbil. Sin
embargo, el cachondeo viene a cuento no a causa de la posible veracidad o no de
las declaraciones (eso ni se cuestiona teniendo en cuenta el medio, el
mensajero y el mensaje), sino de sus discrepancias con otras afirmaciones de la
propia Isabel Díaz Ayuso en tiempos remotos.
Tan remotos como siete años
atrás, en 2019, cuando en unas declaraciones publicadas en El País aseguraba
que perdió la fe a los nueve años, al fallecer su abuelo y sufrir ella una
crisis religiosa.
En una entrevista con Susanna
Griso fue aún más explícita, al repetir que no sólo perdió la fe a esa edad,
sino que no que “no voy a misa porque no
soy creyente”.
Un año después, en mayo de
2020, repitió estas afirmaciones en la Asamblea de Madrid (“No voy a misa desde los nueve años”),
cuando a quienes se reían de sus lágrimas en la catedral de La Almudena les
respondió que se estaban mofando de las víctimas del coronavirus.
No hay cifras exactas, pero al
parecer, en aquellos días Ayuso lloró muchísimo: 7.291 lágrimas lo menos.
Esta semana, sin embargo,
Ayuso confesaba ante Eduardo Inda que es católica y que va a misa todas las
semanas, aunque a menudo por cuestiones de trabajo: procesiones, funerales y
cosas por el estilo.
Si las células del cuerpo
humano tardan aproximadamente entre siete y diez años en renovarse, no podemos
extrañarnos de que el alma de Ayuso haya cambiado de orientación teológica en
apenas un lustro.
A fin de cuentas, hay muchos
acontecimientos positivos que iluminan su conversión; sin ir más lejos, que en
ese lapso temporal Ayuso ha encontrado otro novio, Alberto González Amador, y
sobre todo, que en cuestión de un pispás, dicho novio ha pasado de una
situación económica prácticamente ruinosa a convertirse, gracias a sus
contratos con la sanidad privada madrileña, en un próspero empresario.
Ya me dirán si pasar de facturar 27.000 euros de beneficio
anual a facturar dos millones y pico no debería considerarse milagro.
Hay otros milagros no menos
inexplicables que avalan la increíble buena suerte que rodea a la presidenta de
la Comunidad de Madrid y a su entorno familiar y personal, pero sería bastante
mezquino por nuestra parte enumerarlos, no digamos atribuir la fulminante
conversión religiosa de Ayuso únicamente a razones económicas.
También está su cambio de
postura radical respecto al derecho al aborto: en 2022 defendía que las menores
de 16 años pudieran abortar sin consentimiento paterno, argumentando que, si
una joven no quería seguir adelante con un embarazo, ¿quién era ella para
decirle lo que tenía o no tenía que hacer? Cuatro años después, la respuesta a
esa pregunta es que ella es Isabel Díaz Ayuso, católica, y que quien quiera
abortar que se vaya a otro sitio a hacerlo.
La libertad bien entendida
empieza por Ayuso misma.
No hay que olvidar que años
atrás Ayuso impulsó una normativa para considerar a los concebidos no nacidos
como miembros de pleno derecho en la unidad familiar, lo que, de salir
adelante, podría empujar la legislación actual a los tiempos de la
Contrarreforma.
En definitiva, los detractores
de la presidenta no acaban de entender que el crecimiento personal consiste no
sólo en ir adaptándose a los nuevos tiempos sino en transformar sus creencias y
opiniones de acuerdo a los antiguos.
Ayuso bien puede decir, como Oscar Wilde al no responder a
un saludo: “Discúlpeme, no le había
reconocido: he cambiado mucho”.
David Torres
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