¿Qué eran las piedras bezoares, el antídoto ‘más admirable contra todo género de veneno’?
El “arte del envenenamiento” adquirió una enorme trascendencia durante el Renacimiento, tanto por su utilidad criminal como política y, consecuentemente, también el conocimiento de los antídotos generales o panaceas. Aunque se utilizaban muchos remedios –sobre todo de naturaleza mineral, como la tierra de Lemnos, el marfil, el jacinto, las perlas o las esmeraldas–, los dos antídotos universales considerados como los mejores y más insuperables entre la Edad Media y la Edad Moderna fueron el cuerno de unicornio y las piedras bezoares.
Estas piedras aparecen
mencionadas en los escritos hebreos clásicos, con el nombre de Bel Zaard, y sus
propiedades antivenenosas son recogidas en la literatura médica árabe desde el
siglo VIII, como en la obra de Juan Damasceno o Serapion y posteriormente en la
del médico sevillano Ibn Zuhr (Avenzoar).
En Oriente, los bezoares
recibieron diferentes nombres, como hager, bezar, belzaar o bezahar, mientras
en griego se denominó alexipharmacum y en latín contravenenum.
De hecho, la palabra “bezoar” deriva del término persa
padzahar, que viene a significar “expelente
de venenos” (bad significa “viento” y zahr “veneno”). Al conjunto de
agentes alexifármacos se les denominaba también medicinas bezaárticas.
¿Qué son realmente los
bezoares?
Inicialmente se pensó que estas piedras procedentes de la
India, cuyo tamaño podría alcanzar incluso el de una castaña, eran minerales.
Sin embargo, luego se confirmó que se trataba de un cálculo engendrado en
cierta zona del estómago o en la vesícula biliar de algunas especies de
animales, y con más frecuencia en puercoespines, venados y cabras, como la
Capra aegagrus, vulgarmente llamada cabra bezoar.
Hoy en día conocemos que estas concreciones se originan a
partir de un núcleo de cuerpos extraños, como fibras vegetales o pelos,
generándose capas a su alrededor gracias a los movimientos peristálticos del
intestino de los animales, lo que les da también su aspecto redondeado. Desde
un punto de vista técnico, están compuestas de carbonato, fosfato de calcio,
colesterina, materias vegetales descompuestas y algunos minerales como brushita
y estruvita. Posiblemente, su principio activo esencial fuese el calcio, que
una vez absorbido puede neutralizar algunas sustancias tóxicas.
Los bezoares como monopolio
comercial del Imperio portugués
Estas piedras, de aspecto aceitunado, se denominaron
bezoares orientales, y el monopolio de su riquísimo comercio estuvo en manos
portuguesas hasta 1580. De hecho, su gran popularidad en la Edad Moderna y la
difusión de sus propiedades se deben al médico judío portugués Garcia da Orta
(Coloquios dos simples, 1563). En sus comentarios al Dioscórides (1554), el
tratado de terapéutica más influyente de su época, el médico segoviano Andrés
Laguna describe de esta manera la piedra oriental:
“La bezahar que ahora
traen de Levante los portugueses tiene el color olivastro, y como de berenjena:
y toda en sí es escamosa, quiero decir compuesta de varias costras, como
cáscaras de bellotas, las cuales vienen unas sobre otras: empero la primera de
ellas es muy lisa y lustrosa”.
La administración de este remedio a los sujetos que habían
ingerido veneno podía hacerse diluyendo el polvo obtenido de la molienda o
raspadura de esta en agua o vino, o bien sumergiendo la piedra entera durante
un tiempo en agua que posteriormente se hacía beber al envenenado. Explica
Laguna que es “admirable contra todo
género de veneno, contra la mordedura de fieras emponzoñadas y finalmente
contra la pestilencia […] dado a beber el vino en que se hubiese hervido”.
Muchos fracasos terapéuticos
se achacaban a las falsificaciones, debido a la escasez de estas piedras y su
elevado valor. Así, en Goa (India) y Malaca (Malasia) se fabricaban piedras
falsas al por mayor.
Estaban hechas a base de una
pasta arcillosa elaborada con polvos conquídeos, resina y algunas hierbas,
amasadas con laminillas de oro, decoradas después con escrituras indígenas y
comercializadas en Europa en preciosos estuches de madera u otros materiales.
En Calcuta se vendían hasta por 50 escudos la unidad.
Se decía que sólo el 10 % de las piedras bezoares
orientales eran verdaderas. De hecho, muchos galenos y boticarios, antes de
adquirirlas, comprobaban su hipotética autenticidad administrándola a animales
previamente envenenados.
Las piedras del Nuevo Mundo
como nuevo tesoro del Imperio español.
El descubrimiento de estas piedras en la fauna del Nuevo
Mundo (bezoares occidentales), concretamente en la vicuña –aunque también en la
llama o el guanaco–, supuso un nuevo estímulo para su uso durante el
Renacimiento. De hecho, la medicina indígena americana también las usaba. Los
incas, por ejemplo, fabricaban una bebida elaborada con ralladura de ellas,
conocida como “jaintilla”, para
tratar a mujeres embarazadas o para curar el susto.
De la importancia de este hecho da cuenta el médico
sevillano Nicolás Monardes (1493-1588) en una epístola al rey de España:
“Se han descubierto
las piedras Bezaares en el Perú, que con tanta estimación traen de la India de
Portugal… Que una cosa que tan maravillosa es, y de tanto precio, se haya
hallado en las Indias de vuestra Majestad, y sean tan fáciles de haber, y tan
ciertas y verdaderas, que no tengamos dudas de sus efectos y virtudes. Lo cual
no es así en las que traen de la India Oriental: que si vienen diez verdaderas,
vienen ciento falsas”.
Aunque nunca viajó a las Indias Occidentales, Monardes
escribió en 1565 un famosísimo tratado titulado Historia Medicinal de las cosas
que se traen de nuestras Indias Occidentales que sirven en Medicina, en el que
se ocupó de los bezoares y defendió ardientemente sus “propiedades”, afirmando:
“En todo género de
veneno, es el más principal remedio que ahora sabemos… Los efectos que hacen
son admirables, porque es potentísima su virtud contra veneno, y fiebres
pestíferas, y humores venenosos…”. También indicaba que los nobles de la Indias
Orientales se purgaban con piedra bezoar dos veces al año “y dicen que esto les
conserva la mocedad… y los preserva de enfermedad”.
Monardes describió también su forma y aspecto: “en lo superficial son leonadas, oscuras,
lucidas: debajo de dos camisas o capas tienen una cosa blanca que gustada y
tratada entre los dientes, es pura tierra, no tiene sabor ni gusto”. Y
también experimentó los efectos de estas piedras, que le habían hecho llegar
desde Lima en 1568, en diversos enfermos, habiendo “remediado a muchos, con maravillosos sucesos”.
Monardes administraba los polvos de piedra bezoar en
diferentes vehículos, según la patología del enfermo: si había fiebre, en agua
rosada, pero si no, en agua de azahar. También en caso de pestilencias, lepra,
infecciones cutáneas, fiebres cuartanas y otros trastornos, en forma de
cordial.
De remedio terapéutico a
talismanes y piezas de alta orfebrería y coleccionismo
Al igual que el cuerno de
unicornio, las piedras bezoares eran consideradas un bien de lujo y su precio
era muy elevado, al tratarse de un producto exótico, llegando a valer hasta 10
veces su peso en oro. Incluso se alquilaban por días en épocas de epidemias
cuando su precio de compra no se podía pagar.
Un ejemplo puede dar testimonio del alto valor que
alcanzaron estas piedras: un manuscrito del Archivo del Hospital de San Roque
(Córdoba, Argentina) fechado en 1653 recoge una reclamación ante el obispo para
que forzara con censura eclesiástica al cumplimiento de un trueque de 24 mulas
por una piedra bezoar.
Otro ejemplo se extrae del tesoro rescatado del galeón
español Nuestra Señora de las Maravillas, que naufragó en 1656 a 70 kilómetros
de la costa de Bahamas. Entre exquisitas piezas de oro y plata, además de
esmeraldas y otras gemas, también se encontraban piedras bezoares. De hecho,
dado su carácter pseudomágico, incluso constituían un objeto de arte, al
engarzarse, pulidas, en piezas de joyería de oro y plata, a modo de amuletos y
talismanes, cuyos portadores experimentarían una felicidad continua.
También se convirtieron en deseados objetos de colección
para lucir en los denominados “gabinetes
de curiosidades” o “cámaras de las
maravillas” de la nobleza y de los potentados europeos. Poseían piedras
bezoares en sus colecciones privadas monarcas europeos como el emperador Carlos
V, Felipe II, Margarita y Catalina de Austria, Felipe IV, el archiduque
Fernando II y Rodolfo II de Austria, o Fernando I de Médici, entre otros.
El declive de su empleo médico
Debido a la gran cantidad de falsificaciones y al
desarrollo de la medicina experimental, el declive terapéutico de su uso
comenzó a partir del siglo XVII.
El primer científico que
mostró públicamente sus críticas a este agente alexifármaco fue el gran cirujano
Ambroise Paré, quien realizó un cruel experimento en 1575: tras descubrirse el
robo de un recipiente de plata por parte de un cocinero del rey Carlos IX de
Francia, Paré acordó conmutar la pena de muerte si consumía acónito, un potente
veneno vegetal, y luego ingería polvos de piedra bezoar.
Paré observó la ineficiencia del antídoto, pues el sujeto
falleció, aunque el rey pensó que el bezoar era falso y continuó confiando en
ellos. Experimentos similares fueron realizados en 1631 por el médico francés
Philebert Guybert con dos criminales convictos y con similares resultados.
En el siglo XVIII, el padre Benito Jerónimo Feijoo escribía
que “la virtud de la piedra bezoar, que
entra en casi todas las recetas cardiacas, es pura fábula”. A partir de
aquí, cada vez fue creciendo el componente crítico y supersticioso de este
remedio, que dejó de emplearse definitivamente como panacea a finales del siglo
XVIII.
No obstante, las piedras bezoares se mantuvieron en las
farmacopeas europeas hasta el siglo XIX, con el nombre técnico de Lapis
bezoardicus off. Su uso ha perdurado hasta hoy en el imaginario literario, como
puede verse en la novela Harry Potter y la piedra filosofal (1997) de Joanne K.
Rowling, donde Potter le administra un bezoar de cabra a su amigo Weasley
cuando es equivocadamente envenenado con hidromiel…
Porque la verdad nunca debe estropear una buena historia.
Francisco López-Muñoz
Francisco Pérez Fernández
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