No cabe ni en un Estado aconfesional con querida que las Cortes reciban al Papa
Más leña al fuego de la religión
Es extravagante que la
Conferencia Episcopal Española pretenda que la visita de su Pontífice máximo
(así lo llaman en nota oficial: Pontifex), sea loado de forma extraordinaria
por las Cortes (“en sesión conjunta del
Congreso y Senado”, piden). Nunca ocurrió antes. Parece extravagante que
pudiera ocurrir ahora. León XIV viene a España como líder religioso, no como un
jefe político.
Un teólogo famoso suele
bromear con que España es un Estado aconfesional con querida.
Las otras religiones lo dicen
sin rubor, enfadadas.
No echemos más leña al fuego
de la religión.
La Conferencia Episcopal
Española (CEE) ya ha solicitado formalmente a las presidencias del Congreso y
del Senado la celebración de una “sesión
conjunta con el Pontifex León XIV”, según la nota de su Oficina de
Información, emitida el lunes. La petición se ha hecho “por indicación de la Santa Sede”, añade.
De aceptarse los deseos del Papa, será la primera vez que
un pontífice de la Iglesia católica acuda a las Cortes en calidad de jefe de
Estado. Está previsto que León XIV venga a España en viaje oficial entre los
días 6 al 12 de junio para desarrollar una agenda centrada en su tradicional
carisma religioso. Como adelantó EL PAÍS el pasado 26 de febrero, la sesión
conjunta de las Cortes con el Papa se celebrará previsiblemente el lunes 8 en
el Congreso de los Diputados.
¿Un pontífice en las Cortes
Españolas? Sería la primera vez, y no parece que, de producirse, lo sea por
casualidad. Por mandato constitucional, España es un Estado aconfesional. Las
visitas de los papas, ocho desde el fin de la dictadura, tienden a olvidar que
el nacionalcatolicismo franquista se acabó en 1976.
Incluso antes, quizás: el caudillo Franco, irritado por las
repercusiones aperturistas del concilio Vaticano II ―llegó a abrir una cárcel
en Zamora solo para curas rebeldes―, prohibió que Pablo VI viniera a Madrid en
1970, para que no le hiciera sombra ni enredara en la política nacional.
“En el nombre de la Santísima Trinidad”.
Con este encabezamiento, todo
en mayúsculas, se publicó en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el texto del
concordato entre España y la Santa Sede. Era el 19 de octubre de 1953 y todo se
hacía, según una farragosa exposición de motivos, en aras de regular “las recíprocas relaciones de las Altas
Partes en conformidad con la Ley de Dios”.
En esa idea, la parte vaticana, eufórica, conseguía del
Estado español (artículo I) el carácter de “única
religión de la Nación”, con el compromiso de perseguir a todas las demás;
la promesa de “gozar de los derechos que
le corresponden en conformidad con la Ley Divina”; que el Estado le
suministrase los medios necesarios para su funcionamiento (textualmente, “una congrua dotación”), y sobre todo, ya
puestos, conquistaba esta definición sobrenatural (artículo II.1): “El Estado español reconoce a la Iglesia el
carácter de sociedad perfecta”.
Pese a tanta parafernalia, el concordato no había sido un
camino de rosas. Tardó en fraguarse 16 años porque Franco quería para sí todo
el poder, también sobre la Iglesia romana (en imitación de Felipe II), mientras
que Pío XII, que siendo nuncio en Berlín había negociado con Hitler otro
concordato, estaba escarmentado de frivolidades totalitarias pese a ser,
también él, un jefe de Estado teocrático por gracia de otro dictador,
Mussolini, que había devuelto en 1929 a la Santa Sede alguna de las propiedades
perdidas a manos de Garibaldi, además del título de Estado, que lo es con
apenas 800 habitantes, la inmensa mayoría hombres.
Fueron los tiempos del
nacionalcatolicismo, donde los obispos, en la práctica súbditos del Vaticano,
se erigieron en el principal apoyo de la dictadura a cambio de que Franco, que
los elegía, les tratara a cuerpo de rey, nunca mejor dicho.
El teólogo claretiano Fernando
Sebastián, rector durante casi una década de la Universidad Pontificia de
Salamanca, se maravillaba de que, con esos precedentes, la Iglesia católica
hubiera salido viva del franquismo. El papa Francisco le hizo cardenal
cumplidos ya los 84 años.
Las consecuencias se ven ahora: en la antaño “reserva espiritual de Occidente”, en
frase de Franco, la secularización y la crisis del catolicismo son mucho más
intensas que en el resto de Europa.
Por mandato constitucional,
España es un Estado aconfesional.
El nacionalcatolicismo se
acabó en 1976, fecha del primero de los cinco Acuerdos (con ese nombre)
negociados en secreto por el Gobierno de Adolfo Suárez mientras se redactaba la
Constitución. Primeras componendas:
1. El Rey dejó de meter mano
en la elección de los obispos, pero se reservó el nombramiento del Vicario
General Castrense, con grado de general de División.
2. El Papa, para elegir
obispos, sigue obligado a notificar el nombre del designado al Gobierno “por si existiesen objeciones de índole
política” y se entenderá que no existen si el Ejecutivo de turno “no las manifiesta en el término de quince
días”.
Y 3. El secretismo confesional: “Las diligencias correspondientes se mantendrán en secreto por ambas
Partes”.
Extravagancias aparte, mal
está que la Iglesia romana siga manteniendo muchos de los privilegios del
franquismo, en exclusiva, pese a que funcionan ya, a plena luz del día, varios
cientos de otras religiones, muchas con notorio arraigo y millones de fieles.
Raro, también, que el Estado
gaste miles de millones en pagar sueldos de obispos, sacerdotes, capellanes en
cárceles, hospitales, cuarteles, cementerios y universidades, y a miles de
profesores de catolicismo en escuelas públicas y concertadas, o para el
mantenimiento de las iglesias y catedrales que los prelados han inmatriculado a
su nombre pese a tenerlo prohibido por el mismísimo Franco.
Pero aún más extravagante es
que la Conferencia Episcopal Española pretenda que la visita de su Pontífice
máximo (así lo llaman en nota oficial: Pontifex), sea loado de forma
extraordinaria por las Cortes (“en sesión
conjunta del Congreso y Senado”, piden).
Nunca ocurrió antes.
Parece extravagante que
pudiera ocurrir ahora.
León XIV viene a España como
líder religioso, no como un jefe político.
Un teólogo famoso suele
bromear con que España es un Estado aconfesional con querida.
Las otras religiones lo dicen
sin rubor, enfadadas.
No echemos más leña al fuego
de la religión.
Juan G. Bedoya
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