Papá, ¿por qué te hiciste político?
"Los políticos son vistos por sus adversarios no como ciudadanos particulares, sino como combatientes uniformados de un ejército enemigo".
Uno. El clima
Muchos lectores recordarán el anuncio o habrán oído hablar
de él. Ante sus horas más bajas, el Atlético de Madrid puso en circulación a
principios de la década de 2000 un ingenioso spot en el que se veía a un niño y
su padre circulando por unas calles de Madrid atestadas de madridistas
celebrando los triunfos de su equipo mientras los colchoneros acababan de
hundirse en el pozo de la Segunda División. El anuncio terminaba con el niño
formulando esta pregunta, mitad enternecedora, mitad letal: “Papá, ¿por qué
somos del Atleti?”.
Viendo el envenenado clima político del país y escuchando
las cosas tremendas que los políticos, aunque ciertamente unos mucho más que
otros, se dicen entre sí, cabe imaginar a ese mismo niño yendo en el coche con
su padre alcalde, concejal, consejero o ministro; concluido el noticiario
radiofónico que ambos acaban de escuchar, el hijo del alto cargo preguntaría lo
mismo que el hijo del colchonero: “Papá, ¿por qué te hiciste político?”.
Dos. Cretino, capullo, mentiroso
Los medios de izquierdas contabilizaron en su día los
siguientes insultos proferidos desde las derechas contra Pedro Sánchez desde
que es presidente del Gobierno: inmoral, irresponsable, cretino, capullo, hijo
de puta, indecente, traidor, tirano, populista, corrupto, déspota, caudillista,
ególatra, felón y sectario. Y ahí va ahora la relación de epítetos proferidos
desde la izquierda contra Alberto Núñez Feijóo que recopilaron los medios de
derechas: vago, mentiroso, populista, incompetente, extremista, cínico,
insolvente y extremista.
Es obvio que la derecha
insulta más y mejor que la izquierda, aunque huelga decir que, para ser
verdaderamente exhaustivas, ambas recopilaciones deberían haber incluido los
dicterios, injurias y ofensas contra esos mismos políticos que eran cosecha
exclusiva de los propios medios.
Al fin y al cabo, políticos y periodistas son los dos
principales colectivos que administran el espacio público: si, como viene
sucediendo, tal espacio se envilece hasta el punto en que lo está ahora, la
responsabilidad no puede ser exclusiva, como solemos pretender los periodistas,
únicamente de los políticos.
Tres. Piedras en el tejado
La política es el único oficio donde es costumbre, cuando
no obligación inexcusable, tirar incesantemente piedras contra su propio
tejado, contra el tejado mismo de la política, compartido por apedreadores y
apedreados. No es raro, sin embargo, que suceda así: el modelo de organización
y conducta en que se inspira la política es la guerra, y los políticos son
vistos por sus adversarios no como ciudadanos particulares, personas de carne y
hueso con hijos, padres, esposas, maridos, sino como combatientes uniformados
de un ejército enemigo o, en el mejor de los casos, como estereotipados
especímenes de un colectivo odiado, detestado o simplemente menospreciado.
Cuatro. Si nos pincháis, ¿no sangramos?
Bien pensado, los
profesionales de la política, tan vilipendiados en general, deberían en no
pocas ocasiones despertarnos más compasión que ira, más indulgencia que
severidad.
Recuerdan un poco a aquel
Sylock que se lamentaba de que sus vecinos venecianos lo vieran como un maldito
judío y no como un hombre con manos, órganos, cuerpo, sentimientos, afectos,
pasiones, calentado por el mismo sol y enfriado por el mismo invierno que
ellos.
Si mañana Sánchez, Feijóo, Abascal, sí, sí, ¿por qué no
Abascal? salieran a escena interpelando a sus adversarios con las preguntas,
enternecedoras y letales, del pobre Sylock, –si nos pincháis, ¿no sangramos?;
si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos?; si nos envenenáis, ¿acaso no nos
morimos?– serían el hazmerreír de sus oponentes, la vergüenza de sus
correligionarios, el blanco predilecto de las impías mofas de la prensa.
Cinco. Respuesta correcta pero parcial
“Papá, ¿por qué te hiciste
político?”.
A la pregunta de su hijo,
recién terminado el boletín de noticias, el alcalde, el concejal, el ministro
le darían la respuesta políticamente correcta, no necesariamente falsa pero sí
parcial: “¿Que por qué estoy en política?
Para hacer una sociedad más justa, naturalmente, para hacer progresar el país y
mejorar la vida de la gente, hijo mío”. Como el pequeño atlético del
anuncio, el niño se quedaría dudoso, pensativo, intentando en vano cohonestar
en su mente atónita las remotas proclamas de fraternidad y los insultos del
noticiario todavía resonando en sus oídos, las promesas de justicia y la
práctica incesante de la mezquindad y la doblez.
Un minuto después, los altos cargos más íntegros y
sinceros, vagamente compungidos, secretamente avergonzados, quizá añadirían
para sí mismos: “Y también por fatuidad,
por egolatría, por jactancia, por una buena nómina, también por todo eso, hijo
mío”.
Antonio Avendaño.

Comentarios
Publicar un comentario