España mide poco y lamenta mucho
La falta de telemetría y control preventivo convierte
accidentes evitables en tragedias nacionales: de la DANA de Valencia al
accidente de Angrois.
Hay
una diferencia entre un país sólido y uno que solo lo parece: el primero mide
lo que ocurre y actúa; el segundo reacciona mal y demasiado tarde.
No
se puede gestionar lo que no se puede medir.
Esa
diferencia no es ideológica ni retórica. Es técnica.
Se
llama telemetría y telecontrol. Y en España llevamos demasiado tiempo actuando
como si fueran accesorios y no cimientos. No valoramos lo que no se ve, pero es
esencial: el sistema nervioso de las infraestructuras.
Telemetría significa medir a distancia. Es el conjunto de
sensores, redes de telecomunicaciones y plataformas que permiten conocer en
tiempo real qué está pasando: el nivel de un río, la presión en una presa, la
velocidad de un tren, la tensión en una línea eléctrica.
El telecontrol es el paso decisivo: no solo saber, sino
también poder actuar a distancia. Abrir compuertas, cortar el suministro, reducir
la velocidad, aislar un tramo de la red.
DANA, Angrois, Adamuz y energía
Sin telemetría, no sabes. Sin telecontrol, no reaccionas. Y
sin ambos, la gestión se vuelve ciega: primero llega el desorden y, al final,
la tragedia. Un país que gestiona sus infraestructuras críticas a ciegas vive
al límite. Veamos ejemplos recientes que nos han impactado a todos y que
deberían hacernos cambiar.
El Levante español es
hidrológicamente violento: lluvias torrenciales y avenidas repentinas. La
última DANA en Valencia volvió a dejar al descubierto un problema estructural:
en demasiados puntos no medimos con precisión lo que ocurre y seguimos
posponiendo obras clave de encauzamiento y laminación.
Los ingenieros de caminos denuncian la falta de
mantenimiento de las grandes presas españolas con sistemas de auscultación de
hace 40 años. La auscultación de presas es el conjunto de instrumentos que
miden deformaciones, filtraciones, presiones internas, movimientos
estructurales. Que una infraestructura crítica funcione con instrumentación de
hace cuarenta años no es una anécdota: es una señal de abandono.
El accidente ferroviario de
Angrois, en el que un tren Alvia descarriló a la entrada de Santiago de
Compostela al llegar a una curva a 179 km/h en vez de a 80 km/h, causando 80
muertos, no fue simplemente un error humano. También fue un fallo en la
concepción del sistema de control de la línea. A 4 km de la estación dejaba de
operar el sistema automático de control ERTMS, que supervisa la velocidad del
tren en todo momento, y se pasaba al sistema ASFA, que no lo hace.
Por tanto, si el maquinista no
reducía la velocidad, no había un sistema automático que lo impidiera. El
diseño era acorde con la normativa, pero claramente inseguro.
El problema no fue la ilegalidad, sino un diseño de
seguridad insuficiente. Cuando una infraestructura depende de que “todo salga bien”, no es resiliente. Es
frágil.
En Adamuz quedó otra escena difícil de aceptar: la
supervisión no permitía ubicar con precisión uno de los trenes siniestrados. En
la práctica, la incertidumbre era enorme. Y lo impensable ocurrió: el primer “sensor” fue un maquinista caminando por
la vía para localizarlo. Todo esto sucede en la época en la que un móvil
comparte su posición al instante y un taxi te encuentra con precisión. Es
inexcusable que se tarde tanto en llegar al tren siniestrado y en atender a las
víctimas. Algo no encaja. No se trata de sofisticación futurista. Se trata de
aplicar estándares tecnológicos ya existentes en el mercado. Cuando los
sistemas no se actualizan, se quedan obsoletos.
Un último ejemplo. El debate
energético suele centrarse en la generación: renovables sí o no, nuclear sí o
no. Al fin, también en las carencias y limitaciones de la red de distribución,
pero ¿cuánta ‘inteligencia’ tiene la
red que la distribuye?
Una red eléctrica moderna
necesita medir en tiempo real, anticipar sobrecargas y aislar automáticamente
los fallos. Sin telemetría avanzada, la transición energética es imposible
porque la red se tensionará hasta límites críticos al no poder gestionar la
generación distribuida e irregular de las plantas solares y eólicas.
Eso no es marketing: es la diferencia entre una red robusta
y una que aguanta… hasta que no aguanta.
Infraestructuras y progreso
España cuenta con excelentes ingenieros y universidades
técnicas de primer nivel. Pero necesita una cultura política que entienda que
las infraestructuras sustentan el progreso y la vida, que prime las leyes de la
física frente a la ideología. Es, en el fondo, un problema de prioridades y de
sentido de la realidad. La ingeniería no es propaganda, es método y rigor:
identificar riesgos y retos, medir variables críticas, diseñar sistemas
redundantes, implementar control automático, auditar y actualizar.
La pregunta es simple:
¿Queremos vivir en un país que actúa cuando ya es tarde y se habitúa a los
funerales?.
¿O en uno que sabe lo que está
por ocurrir antes de que suceda y actúa de forma preventiva?
Un país serio no espera al
desastre para actuar. No convierte cada crisis en una comisión parlamentaria.
Necesitamos menos debate irracional y más arquitectura de sistemas.
Menos política reactiva y más
ingeniería preventiva y cultura de mejora continua.
Y conviene recordarlo una vez más: no se puede gestionar lo
que no se puede medir.
Agustin Argelich Casals

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