Los cambios en las líneas editoriales de los diarios o las lentas maniobras de los portaviones.
Las líneas editoriales de los periódicos se pueden comparar a grandes portaviones que avanzan por el océano señalando los puntos en los que está previsto que se desarrollen los teatros de operaciones bélicas. El símil guerrero no es ocioso: los periódicos son, por definición y desde su mismo nacimiento, armas destinadas a defender o atacar, en función de objetivos predeterminados que inspiran su orientación informativa.
Para hacerse con un número
significativo de lectores los diarios deben ser capaces de asumir la
inclinación de sus públicos afines y ofrecerles la representación de sus ideas.
La formación de la opinión pública comienza así: los periódicos aspiran a
hacerse con la asiduidad de los lectores que se sienten identificados con sus
líneas editoriales e informativas y a mantener cautiva esa atención en el marco
que ellos configuran.
Todas las teorías de la opinión pública penden de ese
hecho: la búsqueda y mantenimiento de la atención de los lectores para que
revierta en las ventas, la publicidad y la adhesión a ideas, posiciones y
hechos que los diarios representan y que van más allá de ellos, afectando a
intereses políticos e institucionales.
Luego pueden producirse
desplazamientos en esa identificación si las empresas editoras y las
redacciones detectan cambios posibles en la realidad social cuando se producen
determinadas tendencias que pueden afectar el rumbo invariable del portaviones.
Esos portaviones, sin embargo, son naves de maniobrar lento y las tendencias
que les afectan lo hacen de un modo levemente perceptible.
La prensa española es, de hecho, una prensa de partido que
no se confiesa como tal, y cada periódico habita un nicho de público e ideas en
el que sus seguidores gustan reconocerse, y no desean correr el riesgo de que
un cambio de rumbo ponga en peligro el modelo de negocio, si no es que tal
cambio mejora su posición.
A diferencia de los periódicos
españoles los diarios estadounidenses suelen declarar explícitamente su apoyo a
una opción política determinada cuando es tiempo de elecciones e incluso hacen
llamamientos pidiendo el voto para el partido al que pretenden representar. En España eso no sucede en
absoluto, pues esa prensa de partido no sólo no se confiesa como tal sino que
sus lectores tampoco desean mostrar de manera explícita un voto determinado por
su parte.
Es un juego mutuo de
aceptaciones implícitas que redunda en un inmovilismo general de la prensa
impresa –con sus reflejos digitales— que dificulta enormemente una competencia
declarada y vibrante entre diarios mediante la publicación de hallazgos
informativos impactantes que no respondan a inducciones promovidas por los
intereses que orientan el rumbo del portaviones.
Por eso los periódicos españoles son tan distintos entre sí
en sus líneas editoriales y tan inquietantemente semejantes por lo que respecta
a su oferta informativa.
Los lectores de El Periódico
han creído advertir que, últimamente, el apoyo del diario a posiciones
socialistas, especialmente a la figura de Pedro Sánchez, ha disminuido un poco,
por no decir que se ha enfriado significativamente. Ello representaría una modificación
en la línea editorial del diario que significa un cambio importante en un
periódico de vocación metropolitana, distanciado del pujolismo desde sus
inicios y adherido a una concepción social y política socialdemócrata.
Podría decirse que hoy es La Vanguardia quien sostiene con
más énfasis a Pedro Sánchez y sobre todo a Salvador Illa y que hace apuestas
explícitas por una gobernabilidad barcelonesa más centrada en el conjunto y el
concepto metropolitano.
El cambio de línea suscitado
en el diario fundado por Antonio Asensio podría responder a un deseo de mayor
integración del periódico catalán en el conjunto de publicaciones del grupo
Prensa Ibérica, al que pertenece, formado mayormente por diarios regionales
periféricos. El cambio de línea editorial se correspondería con la eliminación
“de Catalunya” de la mancheta del
periódico y ambas acciones responderían a la mala consideración que en el
conjunto de España se tiene de Cataluña. Pero una decisión editorial como la
que comentamos no puede basarse únicamente en una cuestión de imagen: el cambio
de rumbo del portaviones tiene que responder al avistamiento de un posible
cambio de mayorías en el gobierno de España.
Los lectores inquietos por lo que consideran un giro
significativo pueden ser un precio a pagar por ajustarse a un cambio político
cuya realización está por ver. Lo comprobaremos si la composición del consejo
editorial del periódico cambia, puesto que en él figuran destacadas de las
izquierdas periodísticas como Joan Tapia, Rafael Jorba y Andreu Claret, como
mínimo.
En un sentido distinto la
imagen que ofrece La Vanguardia es la de un diario urbano, metropolitano y
moderno, muy cercano a las tendencias sociales y culturales más extendidas a
las cuales se dirigía antes el diario dirigido por Antonio Franco. Su apoyo a
la gobernación actual de Cataluña y España contrasta fuertemente con su línea
anterior que intentaba hacer de él la realidad del sueño de Jordi Pujol, que
era conseguir que el diario más sólido del país fuera no sólo un apoyo a sus
políticas sino un elemento más de su damero de juego.
El clamoroso fracaso de Pujol como empresario, y más
precisamente como empresario de prensa –todas las publicaciones que dispuso a
su modo han acabado en la ruína y cerradas— tuvo su misión imposible en la
atracción del diario del conde de Godó a su órbita. Dicen los críticos con La
Vanguardia que este diario siempre se apoya en le hegemonía de los que mandan
en un momento dado, pero su anterior acercamiento a Jordi Pujol y a la
corriente independentista estuvo a punto de costarle un desplazamiento del
centro sociopolítico al que aspiraba. Véase el camino que ha tomado el diario
digital fundado y dirigido por el ex director de La Vanguardia en esa etapa,
erigido en el principal agente de Carles Puigdemont, y con el abogado de éste
instalado entre sus comentaristas.
No existe un diario
declaradamente afín al pujolismo tal como lo conocimos en la prensa diaria de
hoy, en todo caso alguna afectación nostálgica. Periódicos como Ara y El Punt
Avui navegan en el marasmo del post procés surcando corrientes distintas, el
primero tratando de reconstruir un catalanismo transversal que se aleje de la
amargura de los decepcionados por el procés y el segundo representando un
reducto inasequible al desaliento, de tono ruralizante, que recoja esa amargura
y la cocine en espera de tiempos mejores.
También ambas publicaciones han experimentado cambios
editoriales, relacionados con la gran decepción procesista, con orientaciones
sin embargo distintas. Corresponde al lector reflexivo, por otra parte, considerar el hecho singular de que la
radiotelevisión pública catalana, pagada con dinero de los contribuyentes,
constituya el principal campo de actuación de la posición realmente existente
al gobierno de la Generalitat encabezado por el PSC y ERC. Hay portaviones que
eligen su propio rumbo no sólo adaptándose a las circunstancias sino
favoreciendo en un futuro cambio del teatro de operaciones, contra viento y
marea.
Gabriel Jaraba
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