Dos páginas que cambiaron la historia de Oriente Medio


Hay decisiones históricas que ocupan bibliotecas enteras, pero hay otras que caben en dos páginas. La que cambió el destino de Irak —y quizá de todo Oriente Medio en el siglo XXI— era breve, burocrática y poco literaria. Se llamaba Orden Número 2 de la Coalition Provisional Authority y la firmó el 23 de mayo de 2003 un diplomático estadounidense llamado Paul Bremer.

Dos páginas. Ni una más. La orden establecía algo aparentemente técnico: la disolución del ejército de Irak y de varios organismos de seguridad del antiguo régimen. En la práctica significaba que unos 400 000 soldados —entrenados, armados, humillados y sin salario— quedaban de repente en la calle.

Si uno quisiera buscar el momento exacto en que la guerra de Irak pasó de ser una victoria militar para convertirse en un desastre político, podría empezar por esas dos páginas. Porque hasta entonces todo había ido sorprendentemente rápido.

La invasión lanzada por Estados Unidos y Reino Unido en marzo de 2003 había sido una demostración de fuerza admirable. Las columnas blindadas cruzaron el desierto desde Kuwait con una rapidez que recordó a las antiguas campañas de caballería. En apenas tres semanas las tropas entraron en Bagdad. El régimen de Saddam Hussein se desmoronó como un decorado mal montado.

El 9 de abril cayó la capital. Las cámaras de televisión retransmitieron la escena que debía simbolizar el nacimiento de una nueva era: una estatua gigantesca de Saddam derribada en la plaza Firdos.

Había terminado una guerra. En realidad, acababa de empezar otra.

Durante años el gobierno de George W. Bush había justificado la invasión con tres argumentos principales: la existencia de armas de destrucción masiva, los supuestos vínculos del régimen iraquí con el terrorismo y la necesidad de llevar la democracia a Oriente Próximo.

Ninguno de esos argumentos sobrevivió mucho tiempo al contacto con la realidad.

Las armas nunca aparecieron.

Los vínculos con el terrorismo resultaron ser más imaginarios que reales. Y la democracia —como suele ocurrir cuando llega montada en tanques extranjeros— no se implantó con la facilidad que algunos estrategas habían previsto en Washington. El problema más inmediato fue el vacío de poder.

Tras la caída del régimen, Bagdad se convirtió durante días en una ciudad sin autoridad. Ministerios saqueados, archivos quemados, museos vaciados. Los soldados estadounidenses contemplaban la escena con cierta perplejidad: habían ganado la guerra, pero nadie les había explicado qué hacer con el país.

Fue en ese contexto cuando apareció la orden de Bremer. El razonamiento parecía lógico. El ejército iraquí era uno de los pilares del régimen de Saddam. Disolverlo permitiría construir unas fuerzas armadas nuevas, libres de la influencia del partido Baaz. Sobre el papel sonaba razonable. Sobre el terreno fue explosivo.

A los cientos de miles de soldados expulsados del ejército se sumaron miles de funcionarios despedidos por otra decisión paralela: la llamada “desbaazificación”, que prohibía a los miembros del Partido Baath, el partido de Sadam Hussein, ocupar cargos públicos. En teoría era una purga política. En la práctica significó despedir a profesores, ingenieros, policías y burócratas que se habían afiliado al partido simplemente porque era la única forma de conservar el empleo.

El resultado fue que el Estado iraquí desapareció de un día para otro.

Y cuando un Estado desaparece, alguien ocupa el espacio. Durante los meses siguientes comenzaron a surgir grupos insurgentes en las provincias suníes del país. Al principio eran milicias improvisadas: antiguos soldados, nacionalistas, islamistas locales.

Luego aparecieron combatientes extranjeros.

Uno de ellos era un militante jordano llamado Abu Musab al-Zarqawi, que pronto fundó un grupo conocido como Al-Qaeda.

La organización introdujo en Irak un tipo de violencia hasta entonces poco frecuente: atentados suicidas masivos, coches bomba en mercados, ataques contra mezquitas. El país empezó a deslizarse hacia algo peor que una insurgencia. Una guerra civil.

Irak es un mosaico delicado de identidades: árabes suníes, árabes chiíes y kurdos, entre otros grupos. Durante décadas Saddam Hussein había mantenido ese equilibrio mediante una mezcla de clientelismo y represión. Al desaparecer el régimen, las tensiones latentes salieron a la superficie.

Entre 2005 y 2007, Bagdad se convirtió en un laboratorio del sectarismo. Barrios enteros cambiaron de población en cuestión de meses. Las milicias chiíes perseguían a suníes. Los grupos insurgentes suníes atacaban a civiles chiíes. En algunas calles aparecían cada mañana cadáveres abandonados con señales de tortura.

Los soldados estadounidenses, que habían llegado para derrocar a una dictadura, se encontraron atrapados en una guerra que no terminaba de ser suya.

En diciembre de 2003 capturaron a Saddam Hussein, escondido en un agujero cerca de Tikrit. Tres años después sería ejecutado tras un juicio organizado por el nuevo gobierno iraquí.

Pero su desaparición no trajo estabilidad. En cierto modo, el país se volvió más inestable que nunca. Mientras tanto, en el norte del país, los kurdos consolidaban una autonomía casi total. En el sur, las milicias chiíes fortalecían sus vínculos con Irán, el gran rival regional de Estados Unidos. Y en las provincias suníes el resentimiento seguía creciendo.

Durante algunos años pareció que la situación podía estabilizarse. La llamada “surge”, el aumento de tropas estadounidenses ordenado por George W. Bush en 2007, redujo temporalmente la violencia. Muchos grupos suníes se volvieron contra Al-Qaeda. Pero el equilibrio era frágil.

Cuando las últimas tropas de combate estadounidenses abandonaron Irak en 2011, el país seguía dividido y con instituciones débiles. Fue entonces cuando el viejo fantasma regresó con otro nombre.

De las cenizas de Al-Qaeda in Iraq surgió una organización aún más brutal: el Estado Islámico, también conocido como ISIS. Aprovechando el caos en Irak y en la vecina Siria, el grupo lanzó una ofensiva fulgurante en 2014.

En pocas semanas conquistó ciudades enteras. La caída de Mosul, la segunda ciudad de Irak, fue un momento particularmente revelador. Miles de soldados iraquíes abandonaron sus posiciones y huyeron ante una fuerza mucho más pequeña de combatientes yihadistas. Era la demostración más clara de que el Estado construido tras la invasión seguía siendo frágil.

El ISIS proclamó entonces un “califato” que abarcaba amplios territorios de Irak y Siria.

Durante varios años el mundo observó con asombro cómo una organización nacida en el caos de la posguerra iraquí se convertía en la estructura yihadista más poderosa del planeta. Finalmente, una coalición internacional logró derrotar militarmente al grupo. Mosul fue liberada en 2017 tras una batalla devastadora.

Pero las raíces del problema siguen ahí. Hoy Irak posee un sistema político formalmente democrático, con elecciones y parlamento. Sin embargo, el poder real se reparte entre partidos sectarios, milicias armadas y redes de influencia regional.

El país se ha convertido en un tablero donde compiten intereses de Irán, Estados Unidos y otros actores regionales. Y en muchas zonas del país, aunque el califato haya desaparecido, las células del ISIS continúan activas.

La guerra que comenzó en 2003 debía transformar Oriente Medio.

Algunos estrategas imaginaban que un Irak democrático actuaría como ejemplo para toda la región. La realidad fue más complicada. Derrocar a Saddam Hussein resultó relativamente fácil. Construir un Estado estable en su lugar ha sido mucho más difícil.

Y todo empezó, al menos simbólicamente, con aquellas dos páginas firmadas en mayo de 2003.

Dos páginas capaces de desmantelar un ejército, un Estado y, en buena medida, el frágil equilibrio de toda una región.

Manuel Peinado Lorca 

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