Las enfermedades raras no son tan raras
Solemos pensar que las enfermedades raras son aquellas que afectan a los demás, que no tienen nada que ver con nosotros. Hasta que en nuestra familia o nuestro entorno alguna persona es diagnosticada con una enfermedad rara. A partir de ese momento, el adjetivo “raro” pierde sentido, porque toda nuestra familia y amigos conviven con una persona que padece esa enfermedad, que ya pasa a formar parte de nuestra normalidad. Y más aún si es una dolencia grave y todo empieza a girar alrededor de ella y de los cuidados, atenciones y posibles tratamientos que necesita la persona afectada.
¿Raras o minoritarias?
Usar el adjetivo raro puede tener connotaciones
peyorativas, dado que en castellano se emplea como sinónimo de extraño. Su
nombre deriva de una traducción, en mi opinión poco acertada, del término
inglés rare, que quiere decir “poco
frecuente”. Por eso muchos colectivos prefieren referirse a estas
enfermedades como minoritarias o de baja prevalencia, términos más amables,
sobre todo para los pacientes y sus familiares.
El “corte” para
lo que se considera una enfermedad rara y lo que no se estableció en Europa, de
forma arbitraria, en 1999, considerándose raras todas aquellas enfermedades que
afectaran a menos de una de cada dos mil personas nacidas. Lo único que tienen
en común es esa baja prevalencia y que más de un 80 % son de origen genético.
Conocemos miles de estas enfermedades raras, más de 6 000.
Las cifras exactas que se manejan varían desde 6 000 hasta 8 000. No es ni
mucho menos que los investigadores que nos dedicamos a estudiar estas
patologías no sepamos contar. El problema es que la manera de catalogarlas
difiere de unos países a otros.
Sin ir más lejos, en EE UU se cuentan como raras aquellas
enfermedades que afectan a menos de 200 000 personas (1 de cada 1 750 personas
nacidas). Y en Japón, las que afectan a menos de 50 000 personas (menos de 1 de
cada 2 500 personas nacidas). Por tanto, podemos decir que las enfermedades
raras son menos raras en EE UU que en Europa, mientras que en Japón son más
raras que en Europa.
A principios de este siglo, en Europa la comunidad
científica se percató de que si combinábamos ambos parámetros (muy pocos
pacientes de cada enfermedad rara, pero miles de enfermedades raras conocidas)
el resultado no tenía nada de raro y correspondía a aproximadamente el 6,5 % de
la población.
Para un país como España, con más de cincuenta millones de
habitantes, esto corresponde a tres millones de personas que conviven con
alguna de estas dolencias.
A esto hay que sumarle que la mayoría de estas enfermedades
son de presentación pediátrica: en edad infantil representan nada menos que un
2-3 % de todos los recién nacidos. Por tanto, quienes conviven también con
ellas en ese caso son también sus madres y padres. Y eso amplía en unos cuantos
millones el número de afectados.
Esta es una de las principales paradojas de las
enfermedades raras: que no son tan minoritarias. Podemos visualizarlo pensando
que, cuando caminamos por la calle, una de cada quince personas con quienes nos
cruzamos puede padecer una enfermedad rara. Y aunque cada una de ellas afecta a
muy pocos pacientes, si las sumamos afectan a unos 30 millones de personas en
Europa y más de 300 millones en todo el mundo.
Enfermedades de gravedad variada
La gravedad de las enfermedades raras es muy variada: desde
las terribles patologías de origen mitocondrial, habitualmente catastróficas e
incompatibles con la vida, a las alteraciones en la visión o audición que
pueden ser altamente discapacitantes, pero compatibles con una calidad de vida
razonable.
La mayoría (más del 85 %) de las enfermedades raras son
ultrarraras, dado que afectan a menos de una persona por cada millón de
nacimientos. Si nos quedamos con las más habituales, el 80 % de las personas
afectadas lo son de apenas 149 enfermedades raras, entre ellas la fibrosis
quística, la fenilcetonuria, el albinismo o la acromaptosia.
El reto del diagnóstico
Los investigadores que estudiamos este tipo de dolencias
tenemos dos objetivos nítidamente definidos: diagnóstico y terapia. En este
orden.
Poner nombre a la enfermedad que presenta el paciente
implica, en la mayoría de los casos, obtener un diagnóstico genético. El tiempo
medio de espera para este tipo de diagnósticos en España es de cinco a seis
años. ¿Por qué tanto? Pensemos que cada persona tiene de 3 a 6 millones de
letras distintas en su ADN, y que cualquiera de ellas puede ser la causante de
la enfermedad. Por lo tanto, con frecuencia se necesitan estudios costosos para
comprobar qué mutación hay detrás de una patología concreta. Costosos tanto en
tiempo como en dinero.
El segundo de los objetivos es la terapia. Una vez sabemos
qué gen está afectado necesitamos una terapia génica encaminada a corregir la
mutación detectada o a reintroducir una copia correcta del gen afectado. O
algún otro tratamiento sintómatico que pueda aliviar alguna de las alteraciones
patológicas causadas por la enfermedad. A veces basta adaptar la dieta para
evitar el acúmulo de sustancias tóxicas en el cuerpo. Es el caso de la
fenilcetonuria, una de las enfermedades metabólicas que se detectan
habitualmente en el cribado neonatal, en la llamada prueba del talón.
Lamentablemente, esta prueba sigue arrastrando todavía
diferencias inadmisibles e injustificadas entre las distintas regiones
españolas, con un número dispar de enfermedades accionables (es decir, que tienen
fácil remedio si se detectan a tiempo) detectadas según la comunidad autónoma
española de residencia. Algo incomprensible que convendría intentar resolver
cuanto antes.
Algo más de un 5 % de las enfermedades raras tienen ya un
tratamiento descrito y disponible. Esta cifra nos recuerda que, para la inmensa
mayoría de las enfermedades raras, carecemos todavía de una terapia segura y
eficaz, aprobada por las agencias reguladoras.
Por eso es tan importante la investigación, tanto en la
optimización de métodos de diagnóstico –por ejemplo utilizando algoritmos de
inteligencia artificial– como en el desarrollo de terapias –usando los avances
en edición genética con las herramientas CRISPR–. En España, se dedican a ello
instituciones como el Centro de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades
Raras (CIBERER, del ISCIII) o la Red de Enfermedades Raras del CSIC (RER-CSIC).
Y todo ello en colaboración con las numerosas asociaciones de pacientes que hay
creadas en nuestro país (como ALBA, la asociación de ayuda a personas con
albinismo), y sus federaciones correspondientes a nivel nacional (como FEDER,
la federación española de enfermedades raras) o a nivel europeo (EURORDIS).
Lluís Montoliu

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