Izquierda vendeobreros y derecha vendepatrias
«Cuando
esta nueva derecha vende a la patria o a Dios, lo que comete es una alta
traición o un pecado capital, que son cosa mucho más seria que la decepción»
Recuerdo escribir mis primeras
columnas disparando contra la izquierda woke, que entonces aún no se llamaba
woke, sino izquierda «progre» —de la
progresía— o izquierda «posmo» —del
posmodernismo—.
Siempre me ha parecido que llamarla izquierda woke es cosa
woke, o sea de modernillos y anglófilos. Las viejas izquierdas —fuesen la
comunista, la libertaria o incluso la vieja socialdemocracia— estaban en
retroceso desde el final del siglo XX, y lo que venía quedando en Occidente era
un mejunje de izquierdas alternativas filantrópico-mundialistas, de cuño
liberaloide —libre droga, libre tránsito o libre aborto— y de corte
ecolesboindigenista, transgénero, transespecie y transedad.
Se pensase lo que se pensase
sobre las viejas izquierdas, sus errores y sus horrores, le habían dado sentido
a una de las grandes categorías del ser humano moderno —junto con la identidad
nacional y la religiosa—: la clase social y el lugar que uno ocupa a partir de
ella en el mercado, en el barrio y en el mundo.
Pero los tiempos iban
cambiando y, como escribía Ronald Ingleheart, la ilusión de un próspero Fin de
la Historia traía la sustitución de las preocupaciones materiales (desigualdad,
poder adquisitivo…) por los valores posmateriales (representación, diversidad,
empoderamiento…).
En la nueva izquierda la
visión de clase había saltado por los aires, sustituida por perspectivas de
género, paradigmas racializados y mil identidades sentidas, deconstruidas,
interseccionales y demás vocabulario incomprensible.
O bien quedaban ecos de obrerismo y laborismo, pero que ya
solo eran retórica de políticos que lo que querían era dejar de pertenecer a
dicha clase obrera, para pasar de la bandera roja a la alfombra roja y de lo
proletario a ser propietario.
Algunos que en un pasado tan
reciente como el 15-M hablaban aún de aquellas cuestiones «materiales» (casa, trabajo, pensión), en cuanto consiguieron su
propia casa (o casoplón), trabajo (o poco trabajo por mucho salario) y pensión
(vitalicia), pasaron a hablar del género fluido de los ángeles, mientras
observaban con desdén al grueso de la población —que seguía añorando tener
casa, trabajo y pensión, pero solo recibían de sus supuestos representantes
lenguajes inclusivos, monsergas moralistas e impuestos ecológicos—.
La nueva izquierda acusaba a
su propia base electoral de ser nostálgico-reaccionaria, de querer la vuelta de
tiempos con más poder adquisitivo y casas baratas —aunque fuesen de toldos
verdes—, ¡es decir!, melancólicos del franquismo, la Edad Media o el
Pleistoceno si hace falta.
Estos años han sido la época
de esa izquierda vendeobreros.
Pero esos tiempos han
terminado.
Gota a gota se colmó el vaso y se terminó la paciencia de
barrios obreros guetificados por la inmigración y acusados de ser racistas, de
chavales jóvenes arrojados a la precariedad mientras se las acusa de ser
violadores en potencia, de trabajadores que llegan a fin de mes en números
rojos mientras les hablan del fin del polo norte y la contabilidad verde.
La nueva ola en todo Occidente
es una dura reacción liberal-conservadora contra todo lo woke, que amenaza con
llevarse también de por medio todo lo que realmente pudo ser progresista,
social o siquiera humanista.
Se podría hablar de una
derecha woke, por comparación con la izquierda woke, en tanto ambas son
identitarias, se creen especialitas y mejor que nadie; pero en cierto sentido
estos son peores que la difunta izquierda woke.
Al menos lo woke era una sobredosis de la emocionalidad, la
empatía y la corrección política; la nueva derecha es la negación de toda
emoción, empatía y corrección.
Esta nueva derecha se gesta en
cumbres «conservative» de la
anglosfera, como la nueva izquierda se gestó en los campus de yanquilandia.
Se define como «patriota»
cuando está a las órdenes de líderes y potencias extranjeras —como los EEUU de
Trump—, tal y como la nueva izquierda nos hablaban de su «prensa autónoma» y sus «ONG
independientes» mientras no disimulaba su dependencia directa del talonario
de Soros y compañía.
Lo que viene es una nueva
derecha que le va a hacer a las dos otras grandes identidades históricas —la
nacional y la religiosa— lo mismo que la nueva izquierda le hizo a la identidad
de clase.
Su única patria es el dinero y su único Dios es el poder.
O su patria el poder y su Dios
el dinero, también valdría.
Cuando la izquierda woke
vendía al obrero, suponía una decepción. Pero, cuando esta nueva derecha vende
a la patria o vende a Dios, lo que comete es una alta traición o un pecado
capital, que son cosa mucho más seria que la decepción.
Y aunque estas derechas actúan de esa misma forma desde el
Reino Unido hasta Escandinavia, todas sincronizadas, tienen aún mayor delito
las que pertenecen a un país hispano-parlante o a un país católico, por cuando
subordinan la hispanidad directamente a su tradicional enemigo angloimperial
(Donald Trump afirmando abiertamente la dominación de EEUU sobre las Américas)
y subordinan a nuestro Dios —de los pobres y oprimidos— a su némesis absoluta
—el falso Dios de los «pueblos elegidos»
y los individuos prósperos—.
Desconfíen de los que, ante la irrupción de la derecha
vendepatrias, sigan disparando sus columnas —o discursos, o publicaciones en
redes sociales, o comentarios en barras de bar— exclusivamente contra la
declinante izquierda vendeobreros.
Jasiel-Paris Álvarez

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