Moreno Carbonilla
El PP siempre ha tenido una relación complicada con el moreno.
Hay
diputados, concejales y subsecretarios de esta formación política que lucen en
fechas sospechosas un moreno refulgente como un Barbour bien engrasado.
Si se les hace algún comentario al respecto,
dicen, sin darle mucha importancia, que estuvieron en el monte durante el fin
de semana. Las sesiones de UVA y el autobronceador no tienen buena prensa, pero
están ahí, como la inflación, el paro o la cuesta de enero.
La
relación de la piel oscurecida con la visión pija del mundo es un arcano tan
discutible como real.
El
moreno es un cierto marcador de ocio, un indicador de estatus que dice que
estuviste jugando al golf, esquiando o triscando en la montaña. Es, para
algunos, como el coche o la ropa de marca.
La tez oscura tiene algo de
capital social en algunos círculos y no compite con la identidad. Es un
uniforme no declarado, un código que encaja bien con la ropa elegante.
El
presidente de la Junta de Andalucía tiene ya el moreno en el apellido y parece
que no le resulta suficiente.
Este año ha hecho la payasada de
vestirse y maquillarse de Baltasar en la cabalgata de los Reyes Magos.
En
primer lugar, alguien debería decirles a los políticos que no tienen ningún
derecho de pernada con las tradiciones que afectan a los niños.
Es un buen día para que el
político descanse, no dé la turra y esté con la familia. Sería muy recomendable
que ningún cargo electo se crea tan importante como para tener el derecho de
hacer este papel. No les votamos para que hagan el ridículo.
El Ateneo de Sevilla, responsable
del acto, debería preocuparse de hacer una cabalgata de calidad y elegir a los
mejores personajes posibles para cada uno de los papeles.
Seleccionar a un político es una muestra de peloteo infame, de compadreo y de poco interés artístico. Creer, además, que los niños son idiotas es un error de principiante tan viejo como la historia de la humanidad.
El hecho de que siempre se haya
pintado alguien de negro es un argumento cavernícola muy parecido al “siempre se ha hecho así”, proverbio
apócrifo que definen los expertos en innovación y emprendimiento como uno de
los mayores frenos del progreso.
¿Progreso? ¿De qué habla usted,
columnista iluminado?
Aquí hablamos de tradiciones,
aunque sean patéticas. Seamos claros: lo de pintar al señorito mandamás para
que pase un buen rato, aunque el producto final desmerezca, y algún niño pueda
sospechar, se parece mucho a lo que siempre se llamó cacicada.
¡Lávese la cara, hombre!
Juan
Luis Saldaña

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