Así se devora a sí misma una sociedad: Si todos lo hacen, no voy a ser el tonto
El capitalismo y su hijo psicópata, el liberalismo, les ha dado carta de naturaleza a sus ambiciones y no sienten el mínimo pudor en ver negocio donde los demás ven tragedia. Las empresas de alquiler de coches elevaron sus precios. Un pasaje de avión a Sevilla podía llegar a costar 1014 euros. Precios dinámicos, lo llaman.
Pero es que hubo quien, con su perfil activo en la aplicación de servicio de vehículo compartido, pensó que también podía hacer su agosto con uno o dos viajes al sur a un precio muy por encima del habitual. Debería modificarse la ley para impedir que esos precios dinámicos se activen al alza a medida que crece la demanda. Más aún, cuando esa demanda está provocada por una tragedia. La sociedad del “si todos lo hacen, no voy a ser yo el tonto” es la sociedad que acaba devorándose a sí misma.
Cuando el liberalismo socioeconómico se convierte en catecismo, lo más probable es que se abone el terreno para que germine una población individualista con una grave crisis de valores. Si a ese escenario le añadimos el adulterado relato del autoconocimiento, a veces, reconozcámoslo, apuntalado por un discurso identitario algo egocéntrico, el yo anulará el nosotros. Y aunque toda exhibición del yoísmo me saque de mis casillas, ver cómo se exterioriza en medio de una tragedia me ofende sobremanera.
Que el individualismo afecta a nuestra salud mental es más que evidente.
Pero ignoramos que también afecta a las relaciones interpersonales y, por lo tanto, a la estructura social, siempre frágil cuando acontece una desgracia como la del choque de dos trenes de alta velocidad en Adamuz (Córdoba).
Cierto es que ese individualismo no es la esencia de una sociedad, que se basa en el sentido de comunidad, y por eso, aunque se nos acostumbre a lo contrario, la solidaridad brota de una manera espontánea y altruista ante el horror.
Lo vimos en la tragedia de la DANA y lo hemos vuelto a ver, la semana pasada, en las primeras horas del mortal accidente, con la manera en la que se movilizó el pueblo de Adamuz.
Pero, a la vez que eso sucedía, volvió a aparecer el maldito yoísmo. Lo vi en aquellas personas molestas porque el choque de los trenes había interrumpido, lógicamente, el servicio y tenían que buscarse la vida para llegar a su ciudad o acudir a su empleo.
El yoísmo ante la tragedia.
Dos trenes chocan, el número de víctimas crece, pero que tú llegues tarde a tu trabajo o a tu casa, de regreso del fin de semana, es un drama.
Y no, no lo es.
Nada es más importante que una vida truncada. Se arma uno de paciencia y busca la manera de regresar a su casa sin poner el grito en el cielo.
No señalo. Porque ese instante de fastidio ante la contrariedad lo hemos sentido todos.
El yoísmo no nos ayuda a relativizar. Asumimos, como niños pequeños, que nuestro malestar es propio y, por lo tanto, prioritario. Nuestra mente se bloquea y fruncimos el ceño como si ese accidente nos hubiera jodido la mañana, sin pensar en el horror que hay al otro lado.
Por no hablar de los yoístas que necesitaban contar, en sus redes sociales, que estuvieron a punto de coger alguno de los trenes siniestrados pero que, finalmente, no lo hicieron.
Y nos lo explican.
No puedo con la gente que, en medio de la tragedia, busca foco a su persona para convertirse en protagonista de una historia que no le pertenece.
Me enfurece.
Pero esa no fue la única exhibición de yoísmo que percibí en medio de la tragedia.
Sí fue la que menos me molestó, pero no la única. Porque cuando es una empresa quien antepone sus intereses al bien común, ahí la rabia me quema. Porque su falta de empatía convierte su individualismo en un valor de rentabilidad, siendo su actitud más tóxica e inhumana que la de un mero ciudadano.
El capitalismo y su hijo psicópata, el liberalismo, les ha dado carta de naturaleza a sus ambiciones y no sienten el mínimo pudor en ver negocio donde los demás ven tragedia.
Las empresas de alquiler de coches elevaron sus precios. Un pasaje de avión a Sevilla podía llegar a costar 1014 euros. Precios dinámicos, lo llaman. Hay que tener poca vergüenza.
Pero es que hubo quien, con su perfil activo en la aplicación de servicio de vehículo compartido, pensó que también podía hacer su agosto con uno o dos viajes al sur a un precio muy por encima del habitual.
Debería modificarse la Ley para impedir que esos precios dinámicos se activen al alza a medida que crece la demanda. Más aún, cuando esa demanda está provocada por una tragedia.
La sociedad del “si todos lo hacen, no voy a ser yo el tonto” es la sociedad que acaba devorándose a sí misma.
Otra demostración de yoísmo fue la de ciertos periodistas, y algunos medios de comunicación, que antepusieron su afán por dar exclusivas, por ser los primeros en construir una hipótesis, cuando la estricta información ya les resultaba insuficiente.
Aquellos que dicen querer “arrojar luz” sabiendo que están encendiendo una cerilla en un vendaval.
Los medios, especialmente los audiovisuales, han llegado a un punto en el que se han convertido en la máquina de vapor a la que Groucho Marx echaba más y más madera.
Programación extensa que hay que llenar de contenido cuando la información responsable, como es lógico en una catástrofe de este tipo, va a cuentagotas. Tertulianos yoístas que, en su momento de popularidad diario, exigen respuestas inmediatas y convincentes a circunstancias desconocidas de gran complejidad.
¿Se imaginan formar parte de los grupos de operarios que llevan trabajando más de noventa y seis horas, sin descanso, intentando apartar los restos de los trenes siniestrados de las vías, sacando cadáveres de los amasijos, investigando las causas del accidente, y tener que escuchar, cada día, a un tertuliano o presentador haciendo conjeturas impunes o exigiendo respuestas a algo que difícilmente vamos a conocer, con precisión y responsabilidad, hasta que pase un tiempo, porque lo único que le mueve es poder seguir haciendo espectáculo mediático con la culpa?.
Y escribo culpa y no responsabilidad porque las responsabilidades son concluyentes y no tienen prisa, ya que pretenden aprender y reparar el error para que no vuelva a producirse.
La culpa solo busca el reproche.
No hay intención de aprender nada porque se conforma con que ruede la cabeza interesada.
Estar informados no es lo mismo que consumir información.
Las noticias no deben ser hamburguesas de un euro.
No hay que trasladar la esencia del fast food a los medios.
La especulación no es información.
Y siempre nos vamos a encontrar con mercenarios de la desinformación interesados en sacar rédito de la tragedia, económico y electoral. El peor yoísmo. Y eso, en estos tiempos, rompe cualquier dinámica de cohesión social.
En un planeta en el que el yoísmo de Donald Trump nos tiene en vela, deberíamos empezar a reconocer que somos más fuertes, más eficaces y más capaces, cuanto más apostemos por el nosotros y menos por el yo.
Cuando no impongamos nuestro bienestar, o nuestro interés particular, al de la comunidad. El yoísmo quiebra el compromiso emocional, provocando que las relaciones humanas pierdan calidad.
Solo es cuestión de pensarlo un segundo antes de dar el paso. Antes del yo, pensar en el nosotros.
Mejor nos irá.
Paco Tomás

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