Davos: Carney frente a Trump
Mark Carney defiende el multilateralismo y la autonomía
estratégica frente al unilateralismo agresivo y los aranceles de Trump en Davos
2026.
El Foro Económico de Davos, la pasarela mundial por donde
desfilan líderes políticos más o menos influyentes, figuras financieras y
líderes empresariales de altos vuelos y ricachones que quieren aprovechar la
cita para establecer relaciones y cerrar negocios, no suele llamarme la
atención en exceso, como tampoco me quitan el sueño las grandes citas de los festivales
y premios cinematográficos o teatrales donde actores, actrices y diseñadores
nos entretienen con sus artificiales posados y deslumbrantes atuendos.
Muchas plumas y poca sustancia en el caldo.
Este año, sin embargo, la cita
en el exclusivo resort suizo nos ha permitido confrontar a quienes nos preocupa
el creciente desorden mundial dos visiones contrapuestas del mundo, las dos con
sello norteamericano: Carney, el primer ministro de Canadá, y Trump el
presidente de Estados Unidos.
Y, por qué no reconocerlo, a quienes sin dejar de tener los
pies en la tierra apostamos por el multilateralismo, la cooperación, la
prevalencia de las reglas y la predictibilidad frente al unilateralismo, la
confrontación, la marrullería y la incertidumbre nos ha servido de gran
consuelo constatar que un líder liberal de un país democrático de tamaño medio,
Carney, exponía con voz calmada los planes de futuro sin dejarse amedrentar o
intimidar por su poderoso vecino, Trump.
Mark Joseph Carney
Con elegancia, humildad,
clarividencia, firmeza y buenas dosis de realismo y sentido común, el primer
ministro canadiense nos describió un mundo en proceso de ruptura, no en mera
transición, a causa de la creciente rivalidad entre las grandes potencias, un
mundo donde las costuras hilvanadas con esfuerzo y dedicación para mantener los
equilibrios forjados al final de la II Guerra Mundial para mantener la paz e
impulsar el crecimiento económico, han cedido y dejado expuestas al aire las
maltrechas entretelas.
En estas circunstancias, los países de peso medio, como
Canadá y la mayoría de países aglutinados (que no unidos) en la UE, pueden
tratar de acomodarse individualmente para minimizar sus pérdidas o siguiendo la
línea marcada por Vaclav Havel en su ensayo “El poder de los sin poder” (“The
power of the powerless”) sumar fuerzas para hacer frente a la arbitrariedad
de los poderosos.
Pese a que Carney no lo
mencionara expresamente en ningún momento de su intervención, hay pocas dudas
de que el premier canadiense estaba pensando en la amenaza velada de su
marrullero vecino quien nada más regresar a la Casa Blanca le conminaba a
convertirse en el 51 estado de la Unión, una amenaza que se materializaría
pocas semanas después con la imposición de los aranceles ‘recíprocos’ (que de recíprocos no tienen nada) a las exportaciones canadienses: 10 % a las
exportaciones de bienes energéticos y petróleo y 25 % para el resto de bienes.
A ello, hay que sumar las pretensiones expuestas por Trump
de hacerse con el control de la gigantesca Groenlandia, por las buenas o por
las malas, situada a tan solo a 660 km del Cabo Dyer en la península de
Labrador.
A estas alturas todos los
líderes mundiales deberían saber que, con su confusa verborrea y amenazas
groseras, Trump pretende confundir e intimidar al adversario para sacar tajada,
grande o pequeña, no importa, que ya se encargarán él y su red social de
magnificar el resultado.
Canadá se ha tomado muy en
serio las amenazas de su vecino y Carney detalló las iniciativas adoptadas para
fortalecer su tejido económico, aumentar su capacidad defensiva y reforzar su
seguridad, robustecer el sistema financiero, invertir en sectores energéticos,
en IA, etc., alcanzar en suma una mayor autonomía estratégica para fortalecer
su soberanía. Pero este programa, recordó, puede hacerse sin levantar muros,
alcanzando acuerdos de cooperación de geometría variable “con socios con los que se comparte suficiente terreno y valores para
actuar juntos” en áreas específicas, y mitigar así los costes que conlleva
alcanzar esa mayor autonomía.
Con países medianos o grandes. desarrollados o en vías de
desarrollo, en Europa, América o Asia porque si no estamos en la mesa -dijo-
estamos en el menú y tenemos que aprovechar la oportunidad de actuar juntos
para sostener la bandera de “la
legitimidad, la integridad y las reglas”.
Canadá es un estado
geográficamente muy extenso, pero cuenta con tan sólo 42 millones de
habitantes, y necesita al resto del mundo. Carney propone avanzar con
pragmatismo hacia una integración realista en un mundo tensionado sin renunciar
completamente a los principios fundamentales: soberanía, integridad
territorial, prohibición del uso de la fuerza salvo cuando se actúa bajo el
paraguas de Naciones Unidas y respeto a los derechos humanos.
Y quizá sea esta la única vía que tienen los países de
entidad mediana para hacer frente a las amenazas de los poderosos en un mundo
tensionado donde Trump ha convertido el chantaje económico en arma de acoso y
derribo. En suma, realismo basado en valores (“value based realism”), una expresión acuñada por Alexander Stub,
primer ministro finlandés, podría ser el lema del nuevo paradigma del orden
internacional avanzado por el primer ministro canadiense en Davos.
Donald John Trump
Trump no nos decepcionó, como
había hecho ante la Asamblea General de Naciones Unidas en una comparecencia en
la que nos aclaró por qué odia tanto a la ONU: no le dieron a una de sus
empresas inmobiliarias un contrato de 500 millones de dólares (minuto 11:37)
para realizar obras de renovación en la sede del organismo internacional en
Nueva York.
Al igual que en aquella ocasión,
Trump aterrizó en su Air Force One para dejarnos sobradas muestras de sus
groseros modales, prepotencia ilimitada, incontinencia verbal, posicionamientos
confusos e ilusorio supremacismo, y repetirnos por enésima vez que todos los
países se han aprovechado de Estados Unidos, la Cenicienta del orden mundial
desde 1945, pero que tras su regreso triunfal a la Casa Blanca los intereses de
Estados Unidos (“America First”)
están por encima de cualquier otra consideración, salvo quizá los negocios de
su familia.
Se arrogó haber dado vuelta en tan solo doce meses a la
nefasta herencia económica legada por Biden, una afirmación patentemente falsa,
y ser el arquitecto de la Edad de Oro que viven la economía y la sociedad
estadounidenses.
La política exterior estadounidense
que propugna Trump podría resumirse así: amenazas medidas a los gobiernos
poderosos y estacazos a todos los gobiernos considerados débiles para
obligarlos a aceptar los términos de un intercambio desigual impuesto por él.
El presidente ha puesto
aranceles arbitrarios y desorbitados a las exportaciones del resto del mundo a
Estados Unidos, al mismo tiempo que ha exigido a otros gobiernos eliminar los
aranceles a los productos estadounidenses, y le ha obligado a comprometerse
adquirir productos energéticos y armas estadounidenses y a realizar inversiones
multimillonarias en Estados Unidos.
Ante los más fuertes, como China que le respondió con la
misma moneda, acabó dando marcha atrás. A los gobiernos débiles que no aceptan
sus arbitrarias condiciones, los amenaza con imponerles aranceles todavía más
elevados.
Ahora quiere, además,
controlar Gaza y ha creado un Consejo de Paz del que se ha erigido en señor y
árbitro, en el que cualquier Estado no vetado por Trump puede participar por el
módico precio de transferir 1.000 millones de dólares destinados no se sabe muy
bien a qué fines.
Trump ya ha nombrado para formar el comité ejecutivo del
Consejo a Rubio, secretario de Estado, a Kushner, yerno y asesor en la Casa
Blanca, a Witkoff, enviado especial del presidente, a Gabriel, consejero de
Seguridad Nacional de Estados Unidos, donde para darle un barniz cosmopolita ha
nombrado a Blair, ex premier primer ministro del Reino Unido, a Banga,
presidente del Banco Mundial, y a Rowan, director ejecutivo del fondo de
inversión Apollo Global Management, especializado en gestionar fondos de
empresas multinacionales. Todo se queda en casa, atado y bien atado.
Aunque Trump anunció en Davos
que Putin había aceptado la propuesta de formar parte del Consejo, el Kremlin
se apresuró a corregirle: estaría dispuesto a aportar 1.000 millones de los
activos de Rusia congelados en Estados Unidos y Bélgica. Quizá lo más grave de
todo el asunto es que Trump pretenda suplantar con esta iniciativa a la ONU y
dar la puntilla a una institución multilateral que detesta porque a diferencia
del Consejo de Paz no puede controlar ni manipular ni utilizar para hacer
negocios.
Por ello, hay que aplaudir a todos los gobiernos que han rechazado la invitación a participar en esta nueva charada que a enfrentarse a grandes dificultades por la resistencia del gobierno de Israel, la falta de transparencia de la operación y el rechazo explícito de muchos países europeos.
Dos hombres con dos pasados y
presentes opuestos
Carney tiene un currículum digno
de subrayar en tiempos donde buena parte de los políticos occidentales destacan
por su escasa preparación y excelsa mediocridad que, con demasiada frecuencia,
intentan encubrir con titulaciones bajo sospecha. Nacido en Canadá, economista
de formación, ha desempeñado los cargos de gobernador del Banco Central de
Canadá (2008-2013), presidente del Consejo de Estabilidad Financiera
(2011-2918) y gobernador del Banco de Inglaterra (2013-2020). En 2025, se
convirtió en líder del partido Liberal de Canadá y tras ganar las elecciones en
abril de 2025 se convirtió en primer ministro. Un profesional como la copa de
un pino, capar de expresarse con claridad y precisión, comprometido a hacer
frente a la actual crisis internacional sin recurrir a engaños o edulcoradas
promesas.
Ya querríamos a alguien con esta determinación y capacidad
al frente de nuestras instituciones europeas o para nuestro soleado erial
hispano.
Trump llegó a completar sus
estudios de Grado en la escuela de negocios de la Universidad de Pensilvania
(donde al parecer fue aceptado por algo más que sus méritos académicos), aunque
de ser cierto lo que decía sobre él Jeff Epstein, su compadre de correrías
durante quince años, era un completo ignorante, ignorancia que tal vez explica
que confunda Greenland y Iceland.
Tal vez sea así, pero a fe que
para ser tan rudimentario y escaso sus conocimientos hay que reconocer que les
ha sacado una rentabilidad extraordinaria.
Lo relevante en todo caso para el resto del mundo es que
nos encontramos ante un mentiroso compulsivo, condenado por abusos sexuales,
conspirador probado que instigó a sus partidarios a invadir el Capitolio para
impedir el recuento de los votos electorales el 6 de enero de 2021 siendo
presidente todavía, y hallado culpable de 34 delitos por un jurado popular en
Nueva York el 30 de mayo de 2024.
Sus hazañas como presidente
son igualmente detestables en otros aspectos: ordena asesinar a supuestos
narcotraficantes en lugar de capturarlos, apresa petroleros en alta mar y
requisa la carga, envía al ejército estadounidense a secuestrar a un hombre al
que acusa de ser el jefe del cartel de los Soles, pese a que las rutas de la
droga hacia Estados Unidos no pasan por Venezuela, y deja allí un centenar de
muertos como tarjeta de visita.
Para completar este cuadro miserable, conviene recordar que
se trata de un tipo vengativo que insulta y persigue con saña a todos aquellos
que lo han investigado, acusado y condenado, incluido el presidente Biden, su
antecesor en la Casa Blanca.
Cuando pienso en él, no puedo dejar de acordarme del
pistolero Liberty Valance en la memorable película de John Ford.
Un último apunte. Quizá la extrema brutalidad y saña con que el presidente acosa y persigue a los emigrantes tenga algo que ver también con su necesidad de ajustar cuentas con su propia historia, ya que su madre, Mary Ann MacLeod, emigró a Estados Unidos desde Escocia en 1930 y no obtuvo la ciudadanía estadounidense hasta 1941, y su actual esposa, Melanija Knavs, emigró desde Eslovenia en 1996 para trabajar como modelo en Nueva York, a pesar de que llegó con un visado de turista y no obtuvo su permiso de trabajo hasta 2001.
God save the King and the Queen of the USA troubled Republic.
Clemente Polo

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