De Versalles a TikTok
De
Versalles a TikTok: llevamos siglos ‘farmeando
aura’
Hay expresiones que parecen
destinadas a morir rápido. “Farmear aura”
tiene todas las papeletas: nació en internet, suena ligeramente absurda fuera
de contexto y probablemente será sustituida por otra antes de que los adultos
terminen de entenderla. Pero precisamente por eso merece atención: detrás de
esa fórmula fugaz hay una obsesión social bastante más antigua que TikTok.
Tener aura, en el lenguaje de las
redes, significa poseer una especie de magnetismo difícil de explicar:
presencia, seguridad, estilo, misterio, esa capacidad de resultar interesante
sin parecer demasiado interesado en conseguirlo. Farmearla consiste en hacer
cosas que aumenten ese capital invisible. Resolver una situación incómoda sin
inmutarse suma puntos; tropezarse cuando todos miran o esforzarse demasiado por
parecer cool puede provocar una auténtica bancarrota simbólica. El Cambridge
Dictionary ya recoge aura farming como la práctica de realizar acciones
destinadas a proyectar una personalidad atractiva o interesante.
Internet incluso ha inventado una
contabilidad imaginaria: “+1 000 puntos de aura”, “-5. 000”, “aura infinita”.
La broma funciona porque todos entendemos perfectamente qué se está puntuando:
la palabra es nueva; la conducta, no tanto.
Durante siglos hemos usado
palabras distintas –honor, gracia, elegancia, distinción, carisma, cool,
capital simbólico– para nombrar distintas formas de una misma obsesión:
proyectar algo que los demás reconozcan como especial. TikTok simplemente ha
actualizado el vocabulario.
Antes
del algoritmo estaba Versalles
Si TikTok hubiera existido en el
siglo XVII, Luis XIV probablemente habría entendido bastante bien su lógica. En
Versalles, levantarse, vestirse o comer podían convertirse en ceremonias
minuciosamente reguladas. La proximidad al monarca era un privilegio y
participar en determinados momentos de su rutina comunicaba posición social.
La corte funcionaba mediante una
compleja red de etiquetas, ceremonias, jerarquías e interdependencias.
Versalles era una gigantesca arquitectura del prestigio. Luis XIV no se
limitaba a tener poder: debía escenificarlo. El palacio, la ropa, las fiestas,
el protocolo y hasta la administración de sus apariciones contribuían a
fabricar una figura excepcional.
Dicho
en nuestro idioma, Luis XIV estaba farmeando aura a escala estatal. La
diferencia es que entonces hacían falta un palacio, una corte y cientos de
espectadores para sostener la representación. Hoy basta un móvil con cámara.
‘Sprezzatura’:
el viejo arte de parecer que no nos esforzamos
Uno
de los mejores antepasados del aura farming quizá no fuera un rey, sino un
dandi.
A comienzos del siglo XIX, George
“Beau” Brummell convirtió algo aparentemente trivial –vestirse y comportarse de
determinada manera– en una extraordinaria fuente de influencia social. Su
estilo huía de la extravagancia y apostaba por la precisión, la sobriedad y una
atención casi obsesiva al detalle. Su verdadero talento, sin embargo, era
conseguir que nada de aquello pareciera costarle demasiado. Esa mezcla de
enorme preparación y aparente despreocupación fue central en su forma de
entender la elegancia.
Brummell perfeccionó así una de
las leyes fundamentales del aura: cuanto más evidente resulta el esfuerzo por
parecer interesante, menos interesante parece uno.
Pero la idea ya era antigua. En
1528, Baldassare Castiglione había formulado en El cortesano el concepto de
sprezzatura: la capacidad de ejecutar algo difícil haciendo que parezca fácil,
ocultando el esfuerzo y el artificio que hay detrás. Una sofisticación
perfectamente ensayada que debe presentarse como espontánea.
Cinco siglos después seguimos
premiando exactamente lo mismo. Un vídeo aparentemente improvisado puede
necesitar treinta tomas; un estilismo “sin pensar” puede haber requerido una
hora; una persona puede haber dedicado años a construir un conocimiento
cultural que luego parece intuitivo.
Trabajamos muchísimo para parecer
espontáneos.
Cuando
el aura se convierte en competición
Las actuales aura battles
trasladan ese juego a una competición casi literal.
Recuerdan a las batallas del
breaking y otras danzas urbanas, nacidas en el ecosistema del hip-hop
neoyorquino de los años setenta, donde dos bailarines se enfrentan por turnos y
no sólo cuenta la dificultad técnica, sino también la actitud, la respuesta al
rival y el carisma.
Pero nos remiten a algo mucho más
reconocible para cualquiera que haya visto suficiente cine adolescente: las
batallas de animadoras, los concursos en el baile de fin de curso o esas
escenas de instituto en las que dos grupos se desafían mientras todo el gimnasio
decide quién acaba por dominar la situación.
Cambian
los movimientos, pero la lógica es parecida: no basta con hacerlo bien; hay que
conseguir apropiarse de la escena.
En las nuevas aura battles, esa
segunda dimensión se convierte directamente en el objetivo. Gestos, poses,
memes o pequeños movimientos sirven para decidir quién triunfa. Ya no se
compite tanto por hacer algo difícil como por hacer que algo parezca memorable.
Es el carisma convertido en deporte de competición.
Y eso revela algo importante: el
aura nunca depende sólo de quien la posee. Necesita alguien que la reconozca.
Bourdieu
habría entendido perfectamente los ‘aura points’
El sociólogo francés Pierre
Bourdieu seguramente no habría hablado de farmear aura, pero habría reconocido
enseguida el mecanismo.
En La distinción explicó cómo
nuestros gustos también funcionan como formas de clasificación social. La
música que escuchamos, los libros que leemos, la ropa que elegimos o los
restaurantes que conocemos no expresan únicamente preferencias personales:
también comunican familiaridad con determinados códigos.
Bourdieu llamó capital cultural a
esos conocimientos y competencias. Cuando obtienen reconocimiento social pueden
convertirse en capital simbólico: prestigio, legitimidad y autoridad.
O, dicho de manera bastante menos
académica, aura points (puntos de aura).
Reconocer un bolso sin logotipo,
conocer a un diseñador antes de que se haga masivo o descubrir un restaurante
antes de que TikTok lo convierta en peregrinación puede producir distinción. El
alemán Georg Simmel añadió otra pieza importante al explicar que la moda vive
de la tensión entre imitación y diferenciación: queremos pertenecer, pero no
llegar cuando ya ha llegado todo el mundo.
También el aura tiene timing.
Todos
actuamos, pero ahora alguien lleva la cuenta
El sociólogo canadiense Erving
Goffman describió la vida social como una representación: presentamos versiones
de nosotros mismos ante distintas audiencias y tratamos de gestionar la
impresión que producimos.
Las redes han añadido una
complicación deliciosa: ahora también convertimos el supuesto backstage en
contenido. La foto accidental, el vídeo “sin preparar”, el libro casualmente
olvidado encima de la mesa… hasta la espontaneidad puede tener dirección
artística.
Y ahí farmear aura introduce una
forma curiosa de sinceridad. Cuando decimos que alguien lo está haciendo
reconocemos la performance y, aun así, estamos dispuestos a premiarla si
funciona.
Walter Benjamin utilizó
precisamente la palabra aura para pensar aquello que hacía singular e
irrepetible a una obra frente a su reproducción técnica. Para Benjamin, la
reproducción erosionaba precisamente esa unicidad.
La coincidencia resulta
especialmente bonita hoy. Vivimos en una cultura donde casi todo puede copiarse
–un look, una pose, una estética, una canción– y quizá por eso valoramos
todavía más aquello que parece difícil de reproducir: la presencia, el gesto, la
seguridad, el timing. Puede que dentro de unos meses nadie vuelva a decir
farmear aura, pero el comportamiento sobrevivirá.
Quizá lo verdaderamente
contemporáneo sea haber convertido en juego algo que antes ocurría en silencio.
Siempre hemos evaluado quién tenía presencia, quién dominaba una habitación o
quién parecía necesitar demasiado nuestra aprobación. La diferencia es que
ahora esa intuición tiene nombre, meme y puntuación.
TikTok no inventó el aura. Solo
tuvo la cortesía de ponerle marcador.
Sandra
Bravo Durán

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