Posturas ante la peste
“sabía lo que la muchedumbre en fiesta ignoraba y puede leerse en los
libros, a saber: que el bacilo de la peste no muere ni desaparece nunca, que
puede permanecer adormecido durante años en los muebles y la ropa, que aguarda
pacientemente en las habitaciones, las cuevas, las maletas, los pañuelos y
papeles y que quizá llegue un día en que, para desdicha y enseñanza de los
hombres, la peste despierte sus ratas y las envíe a morir a una ciudad alegre.”
(Albert Camus, La Peste)
La invasión de Ceuta debiera
suponer un antes y un después en muchos aspectos. Nos encontraríamos en el
preámbulo de una crisis nacional con probable pérdida de integridad territorial
como la sufrida en el año 98. Con los mismos enemigos exteriores e interiores
de entonces. EEUU e Israel con el reino de Marruecos como ariete y carne de
cañón. Sánchez sustituye a Sagasta, la monarquía ausente entonces con una
regente dedicada sus labores y ahora con otro rey paralizado que no sabe, no se
atreve, no contesta. El ejército, neutralizado desde la política como entonces,
anda disperso como subalterno al servicio de intereses ajenos cuando no del
enemigo y bajo mando extranjero.
La
Monarquía parlamentaria es un sistema supuestamente sometido a una constitución
vigente pero que encubre en realidad un régimen oligárquico cerrado, saqueador
e injusto en el que el Parlamento no es el centro político principal sino una
institución subordinada, de palmeros, meritorios y “agradaores” del jefe de partido que hacen lo que les dicen según
convenga al jefe o sus intereses partidarios, caciquiles u oligárquicos. Por no
hacer ni siquiera recibe ni aprueba los presupuestos.
Un
régimen en el que el pueblo, muy “soberano”
según se pontifica, lo más que puede escoger es entre los dos validos reales o
jefes de banda que le indican en el escaparate mediático del sistema y que
serán los agentes visibles, los conseguidores y encubridores del saqueo
oligárquico nacional e internacional durante esa legislatura o periodo de
dominación. Las cosas importantes se cohechan fuera del Parlamento. Incluso
están a merced de forajidos como es el tema de las invasiones.
El propio gobierno actual de Su
Majestad que paradójicamente perpetra desleal oposición a Su Majestad se apoya
en gentes indeseables. Pero esto no es novedad. Ya era denunciado hace casi un
siglo, al final de la anterior Restauración fracasada.
«La Restauración. Es decir,
ficción, anemia, parálisis. Un pueblo que tras una fiebre pertinaz, cae en
agotamiento nervioso. Ansía quietud y le maniatan. Pide serenidad y le
narcotizan. Toma cuerpo una doctrina escandalosamente inmoral, que ¡todavía
hoy! Reputan exquisita algunos obcecados:
La de la dualidad de
constituciones, una externa y otra interna. Dígase claro: la externa un
conjunto de reglas sabias que se lleva a la “Gaceta”, con la intención de no obedecerlas jamás; la interna, un
contubernio de dos oligarquías para reírse de lo legislado y mantener una
dominación alternativa en provecho de deudos y familiares, socios y compinches,
apologistas y turiferarios.
Con tan novísima doctrina se
sostiene -creen que se sostiene- la Monarquía restaurada, primero; la Regencia,
después. El Trono queda sin culpa personal de Alfonso XII ni de María Cristina,
colocado sobre una oquedad. Hay sufragio universal, pero falseado desde
Gobernación; hay Parlamento pero organizado simple instrumento ministerial; …;
hay administración de Justicia, pero los jueces han de ser gratos al cacique,
al diputado, al gobernador; hay Jurado, pero con deserción de los buenos,
monopolio de los venales, lucimiento de letrados corruptores y astutos y
complicidad de magistrados interesados en desprestigiar la institución; hay
Prensa, pero toda, o casi toda, con tentáculos en el fondo de reptiles…»
Con los Borbones estamos
desgraciadamente siempre en lo mismo. No escarmentamos. Salvo un reducido grupo
de gente preocupada e indignada el heroico pueblo español está a por uvas, como
si tampoco nada fuese con él. En estas circunstancias de escandaloso descontrol
institucional, de auténtica dictadura en la práctica, no es de extrañar que los
ministros de la Corona se permitan burlarse de la gente, en especial de las
propias víctimas. Como señoritos ociosos de la crápula entre orgía y trapisonda
rodeados de una guardia pretoriana de insensibles hombres de estaca se van a
dar una vuelta por el cortijo desamparado. Saben que la justa indignación
popular de sus víctimas sólo les va a ocasionar insultos en una especie de
competición acerca de quien recibe más y más gruesos. Pero adrenalina, la
justa, Las víctimas son buena gente y sufrida de modo que no se van a liar a
pedradas ni menos a ajusticiarles en la farola más próxima.
En cuanto a canallería
ministerial resulta difícil decidirse por a quien otorgar la victoria. Resalta
la cobardía y vileza del excelentísimo señor ministro del Interior, un juez
deshonrado, pero la no menos depravada de Sanidad, también profesional, no le
va a la zaga y acaso le supera en cuanto a cinismo provocador salvo que su
sectarismo sea tan agudo que le impida comprender la realidad. Sólo así puede
entenderse la desfachatez de echar la culpa de lo que pasa a sus víctimas. Así,
por ejemplo, cogen la sarna o no salen de su casa por gusto, o para mejor
fastidiar a la banda ministerial. No se puede caer más bajo ni moral ni
intelectualmente ¡Y pensar que este personajillo haya podido suscribir el
juramento hipocrático!
Hablando de doctores nada más
lejos que la actitud del Doctor Rieux, el médico que atendió heroicamente a los
apestados, aunque aquí sea difícil suscribir las palabras que Camus pone en su
boca al final de la obra: “lo que se
aprende en las calamidades, a saber: que hay en los hombres más cosas dignas de
admiración que de desprecio”.
Me temo que por desgracia ahora
tampoco sea el caso.
Alfonso de la Vega

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