La crispación política también enferma: así afecta al bienestar emocional de los jóvenes.
Con
frecuencia escuchamos en nuestras conversaciones que “oír hablar de política me pone enfermo”.
Más allá de esta frase hecha, ya
hay investigaciones que apuntan a que el ambiente de crispación política pasa
factura a la salud de las personas y a sus relaciones sociales.
Por ejemplo, una encuesta asoció
la percepción de mayor polarización partidista con hasta un 57 % más de
probabilidades de depresión y ansiedad, y un trabajo posterior del mismo grupo
encontró que quienes perciben más polarización acumulan hasta dos días más de
mala salud física y mental al mes.
Otro
interesante hallazgo viene de la mano del equipo de la profesora de Psicología
Brett Ford, de la Universidad de Toronto. Estos investigadores solicitaron a
unos voluntarios que anotaran cada noche cómo les hacía sentir la política.
En el 81 % de los días, solo
pensar en un acontecimiento político bastaba para desencadenar fatiga,
insatisfacción vital o síntomas depresivos.
Sobre
la consolidación de la política como potencial estresor ya advirtió la American
Psychological Association. Su informe de 2017 Stress in America: Coping with
Change detectó un aumento de las conversaciones sobre política en las sesiones
clínicas tras la primera victoria de Donald Trump.
Algo más de la mitad de sus
asociados indicaron que el clima político se había convertido en un disparador
de ansiedad y malestar. Pero este malestar no se queda solo en la mente:
algunos trabajos han documentado incluso consecuencias fisiológicas.
La mayor parte de estos hallazgos
provienen de Estados Unidos; en España apenas hay pruebas que confirmen esta
relación.
Para comenzar a explorarla
pusimos en marcha el proyecto europeo POLEMO (Managing Political Emotions),
financiado por la alianza de universidades EUniWell (Universidad Europea del
Bienestar), en el que participaron 2 446 estudiantes de las universidades de
Murcia y Santiago de Compostela.
Hostilidad y ansiedad para los
universitarios
Les
preguntamos a los participantes qué emociones sienten cuando leen noticias o
escuchan hablar de política y con qué intensidad las experimentan, en una
escala de 1 a 5.
El
resultado está claramente inclinado hacia lo negativo: más de tres de cada cuatro
(77 %) dice sentir bastante o mucha (4-5) preocupación; dos de cada tres (67
%), vergüenza, y un 63 %, enfado.
Más
de la mitad (53 %) reconoce experimentar desprecio con esa misma intensidad y
casi uno de cada dos (47 %), miedo.
Las emociones positivas, en
cambio, casi no aparecen: solo un 8 % dice sentir esperanza u orgullo con
intensidad; un 7 %, entusiasmo, y un 5 %, tranquilidad.
El
odio merece una mención aparte: un tercio de los estudiantes (34 %) afirma
sentirlo con intensidad al pensar en política.
Y este dato es especialmente
relevante porque es la antesala de comportamientos intolerantes o de exclusión
más preocupantes que los creados por el simple desacuerdo.
Estas siete emociones pueden
agruparse en tres bloques diferenciados: uno de hostilidad (odio, enfado,
desprecio, vergüenza), otro de ansiedad (miedo, preocupación, ansiedad) y uno
positivo (orgullo, entusiasmo, esperanza, tranquilidad).
Con
esta muestra exploratoria queda claro que para los estudiantes entrevistados la
política es, sobre todo, una actividad que genera hostilidad y ansiedad.
Este
cóctel emocional puede resolverse de dos maneras, y ninguna es especialmente
buena para la convivencia democrática.
Por
un lado está la desafección, dejar de participar y desengancharse de la
política al ser fuente de vivencias negativas.
Y por otro, la radicalización,
culpar al rival del malestar que provoca la actualidad política e incrementar
la hostilidad para tratar de derrotarlo y superar el estado emocional
desagradable.
El impacto emocional de la
derrota electoral
Una
forma de calibrar cuánto puede llegar a pesar la política en el bienestar
emocional de alguien pasa por plantearle un escenario concreto de máxima
tensión: ¿qué pasaría si mañana mismo nuestro partido perdiera las elecciones
con claridad y gobernara uno con ideas muy distintas a las nuestras?
Formulamos
esta pregunta a los estudiantes y los resultados nos sorprendieron.
Más
de la mitad (51 %) anticipa que esa derrota tendría un impacto alto en su
bienestar emocional (7 o más sobre 10).
Esto sugiere que las elecciones,
el momento político por excelencia, se viven cada vez más como escenarios de
alta activación emocional. Eventos que la gente vive de forma visceral y
personal, donde no solo están en juego unos escaños, también la felicidad de
los simpatizantes de cada grupo.
Cuando la victoria de los
nuestros se siente así de importante para el propio bienestar, cuando existe
una fuerte percepción de amenaza para los propios intereses, el riesgo es que
crezca la disposición a que nuestro grupo gane, cueste lo que cueste.
En definitiva, estos resultados
nos animan a pensar que una política menos tóxica, es decir, una confrontación
partidista más saludable y con menos dinámicas que no aportan nada, no solo
será buena para las instituciones, sino también para el bienestar emocional de
la ciudadanía.
José
Miguel Rojo Martínez
Alejandro
Soler Contreras
Diego
Mo Groba
María
Isabel López Palazón
Paloma
Castro Martínez
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