¿Cuál era el significado de los eclipses en la antigua Roma?
El
próximo mes de agosto en España miraremos al cielo para contemplar un histórico
eclipse de Sol.
Sabemos cuándo comenzará, cuánto
durará y qué parte del disco solar quedará oculto por la Luna. Aplicaciones
móviles permiten calcular el instante exacto del máximo oscurecimiento y
recomiendan lugares concretos desde los que poder contemplarlo.
Sin embargo, durante buena parte
de la historia de la humanidad, gracias a la fascinación que, como astro rey,
generaba el Sol, estos fenómenos fueron mucho más que una curiosidad
astronómica: eran acontecimientos capaces de alterar el orden del mundo.
La
antigua Roma no fue una excepción.
Con un notable protagonismo del
Sol en su primitiva religiosidad, aunque las élites conocían las explicaciones
científicas heredadas de la astronomía griega, los eclipses –etimológicamente,
en griego, “desaparición del sol”–
siguieron interpretándose como señales de los dioses a las que convenía estar
atento dado el carácter religioso de la cultura romana.
Ambas formas de entender el
fenómeno –la científica y empírica y la prodigiosa y supersticiosa– convivieron
durante siglos y nos permiten comprender cómo concebían los romanos la relación
entre naturaleza, religión y poder. Esta relación estaba sintetizada en la voz
latina omen, presagio que acompañaba a un personaje o a un acontecimiento,
definiéndolo.
Tenebrae facta sunt: mucho más
que una sombra sobre el Sol
Ya
los astrónomos babilonios habían descubierto que los eclipses eran cíclicos y
podían ser previstos con métodos que posteriormente heredaron los griegos y, a
través de ellos, también Roma. Sobre ellos teorizaron, en la Historia Natural y
en Tiestes, los escritores e intelectuales Plinio el Viejo y Séneca.
El conocimiento astronómico
romano, por tanto, estaba lejos de ser rudimentario y bebía de una tradición
que, para el mundo clásico, arranca en la literatura homérica.
Un ejemplo significativo lo
ofrece el emperador Claudio. El historiador romano Dion Casio cuenta que, antes
de un eclipse ocurrido el 1 de agosto del año 45, el cuarto emperador de la
dinastía Julio-Claudia hizo anunciar públicamente el fenómeno para evitar que
la población cayera presa del pánico. El poder imperial era, pues, consciente
tanto de la posibilidad de predecir el eclipse como del temor que, por su
carácter tenebroso, este provocaba en la población.
Prodigia et metum: ciencia y
religión no eran incompatibles
Pero conocer la explicación
astronómica no significaba renunciar a una interpretación religiosa. Para un
romano, el universo estaba gobernado por los dioses y un fenómeno natural podía
tener una causa física y, a la vez, transmitir un mensaje divino.
El
historiador Plutarco, en la Vida de Rómulo, cuenta como en junio del 708 a. C.,
la muerte del primer rey de Roma fue acompañada de la conversión del día en
noche. Acaso por eso, los eclipses pertenecían con frecuencia al ámbito de los
prodigia, anuncios de la ruptura del equilibrio entre dioses y hombres que
requerían una respuesta de la religión estatal. Las obras del también
historiador Tito Livio están repletas de ejemplos.
En el año 340 a. C., un eclipse
coincidió con una lluvia de piedras y el Senado decretó rituales para restaurar
la paz con los dioses. Otro eclipse, el 17 de julio de 188 a. C., oscureció
Roma durante cerca de dos horas. Livio cuenta que el fenómeno provocó tal
inquietud que se decretaron tres días de purificación en el sagrado monte
Aventino.
La
coincidencia entre eclipses y momentos de crisis política reforzó su carácter
ominoso. En los años de la expansión romana en Macedonia un eclipse se
interpretó como antecedente de la derrota de los griegos en la batalla de Pidna
del año 168 a. C.
En el 49 a. C., Dion Casio
menciona un eclipse total de Sol entre una serie de prodigios que anunciaban
desgracias para Roma. El impacto fue tal que algunos magistrados llegaron a
retrasar la toma de posesión de sus cargos por considerar desfavorable el
momento. El político y filósofo Cicerón interpretó como mal augurio para su consulado
del 63 a. C. el eclipse parcial de Sol vivido el 18 de mayo de ese año. Y la
tradición evangélica alude al eclipse posterior a la muerte de Jesús en época
tiberiana como expresión máxima de los prodigia que siguieron a la crucifixión.
En Roma el interés por los
eclipses no residía únicamente en que oscurecieran el cielo durante unos
minutos sino en el significado que se atribuía a aquella oscuridad. El cosmos y
la historia formaban parte de un mismo orden, y cualquier alteración en el
firmamento debía ser adecuadamente interpretada. De hacerlo mejor o peor
dependían, en buena medida –o esa era la creencia–, el futuro y la salus del
pueblo y, sobre todo, del estado.
Mentes hominum: lo que sabía el
pueblo
La inmensa mayoría de la
población romana nunca había leído a Aristóteles o a Posidonio, ni tenía acceso
a los textos de Séneca o Plinio. Su experiencia del eclipse era muy distinta.
Garante de la luz, el calendario y el orden cotidiano, el Sol desaparecía
inesperadamente en pleno día y era lógico interpretar aquella oscuridad como
una temible alteración cósmica.
Constan supersticiosas reacciones
populares que Roma heredó de otros pueblos, que también las emplearon: hacer
ruido golpeando calderos para ayudar al Sol a recuperar su luz o ahuyentar las
fuerzas que parecían amenazarlo haciéndolo desaparecer del cielo. De ese modo,
la población creía contribuir a espantar un fenómeno que alteraba el orden
cotidiano y que, por tanto, como todo lo desconocido, generaba incertidumbre.
Ante
el eclipse de agosto nuestra reacción no será de temor o de desazón.
Sin
embargo, como acontecimiento histórico que sin duda viviremos, cuando el
próximo día 12 el eclipse nos lleve de nuevo a mirar al cielo podremos pensar
que también miraron a él los romanos.
Y que, al hacerlo, se preguntaban
algo a lo que la astronomía no podía responder: ¿qué querían decir los dioses
con aquella repentina desaparición del Sol?
Javier
Andreu Pintado

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