Monseñor Munilla, la Iglesia no debe bendecir fronteres sinó ensancharlas
Esta carta -escribe el firmante, que también podría dirigirla al arzobispo de Oviedo y puede que a algún otro monseñor- no nace del desprecio, sino de la preocupación. Porque cuando los obispos juegan a ser políticos, la fe se resiente. Y cuando el Evangelio se utiliza para justificar recelos en lugar de para incomodar conciencias, algo esencial se pierde. Tal vez convendría volver a aquella imagen inicial. Al obispo que entra en la ciudad montado en un asno, sin miedo a parecer débil, sin necesidad de señalar a nadie como sobrante. Porque ese gesto —humilde y evangélico— decía más que muchos discursos: recordaba que la Iglesia no está para contar a los que llegan, sino para acogerlos; no para bendecir fronteras, sino para ensancharlas; no para administrar el miedo, sino para desarmarlo. Hay silencios que rezan y palabras que, aun pronunciadas en nombre de Dios, suenan a destiempo. Esta carta nace de uno de esos desajustes: de la inquietud que provoca ver a pastores abandon...