Ceuta no es el problema de España. Es la pregunta de Europa
Ceuta
ya no es solo una crisis migratoria ni una ventana geopolítica: es la prueba de
que Europa sigue sin saber qué hacer con su propio flanco sur.
En los dos últimos artículos he
escrito sobre Ceuta y sobre el Mediterráneo como espacio estratégico europeo.
No tendría mucho sentido repetir aquí lo ya dicho. Pero sí dar un paso más. Si
Ceuta fue primero una prueba de la solidaridad europea y después una ventana
desde la que contemplar el nuevo equilibrio geopolítico del Mediterráneo, ahora
conviene hacerse otra pregunta: ¿qué consecuencias tiene todo ello para España
y qué debería hacer Europa para no volver a encontrarse desprevenida?
La respuesta puede parecer
demasiado geopolítica para una crisis que en España tiene consecuencias muy
concretas: quién entra, quién sale, quién responde y quién asume políticamente
el coste. Y por eso mismo conviene mirar un poco más lejos. Porque detrás de la
crisis migratoria, de Marruecos y de la propia Ceuta hay algo más profundo: el
problema migratorio es la consecuencia visible de una acción que tiene una
dimensión mucho más amplia.
Lo que está en juego es la
posición estratégica de España en el flanco sur de Europa y la necesidad de que
Europa empiece a comportarse como una potencia capaz de defender sus propias
fronteras, sus rutas y sus intereses.
El problema no es Marruecos, es
depender de Marruecos
Hay
algo que resulta difícil de entender desde fuera: que España tenga en Ceuta y
Melilla dos posiciones europeas situadas en el continente africano y, sin
embargo, haya terminado gestionándolas casi exclusivamente como un problema
bilateral con Marruecos.
La relación con Rabat es
demasiado importante como para convertirla en una relación de confrontación
permanente. Marruecos es un socio imprescindible para España y para la Unión
Europea. Lo es en materia migratoria, comercial, económica, energética y de
seguridad. Precisamente por eso España necesita una relación estable con
Marruecos. Pero una cosa es cooperar y otra depender.
La investigación abierta sobre lo
sucedido este verano determinará qué ocurrió realmente y qué papel pudieron
desempeñar las autoridades marroquíes. Un informe policial remitido a la
Audiencia Nacional apunta a una actuación organizada y a una intervención
activa o permisiva de agentes marroquíes, mientras el Gobierno sostiene que no
dispone de pruebas concluyentes de que Rabat orquestara la operación. Conviene
dejar que la investigación establezca los hechos.
Pero
incluso si finalmente no pudiera demostrarse una operación deliberada del
Estado marroquí, la conclusión estratégica seguiría siendo la misma: una
frontera europea no puede depender para su seguridad de la voluntad de un país
tercero.
Ése es el verdadero problema.
Durante demasiado tiempo Europa ha externalizado buena parte de su frontera
sur. Ha pagado a otros para vigilarla, ha delegado en otros la contención de
los flujos migratorios y ha convertido la cooperación migratoria en sustituto
de una política estratégica propia. Puede resultar cómodo, pero no es autonomía
estratégica. Y España tampoco puede limitarse a pedir a Europa solidaridad cada
vez que se produce una crisis. Tiene que exigirla, sí, pero también explicar
por qué Ceuta y Melilla forman parte de una cuestión mucho mayor: la seguridad
del flanco sur europeo.
El Estrecho: una posición que
Europa no puede perder
Aquí aparece el elemento que
suele quedar oculto detrás del debate migratorio: el Estrecho de Gibraltar.
Ya expliqué en el artículo
anterior por qué el Estrecho es una de las llaves de Europa, mucho más allá de
su lectura migratoria. No hace falta convertirlo en un nuevo Ormuz ni
presentarlo como un escenario inminente de confrontación militar para entender
lo que hay en juego.
El problema no es que alguien
vaya a cerrar mañana el Estrecho. El problema es quién sabe qué ocurre en él y
quién dispone de capacidad para actuar cuando ocurre algo. Hay que saber quién
navega, qué transporta, qué infraestructuras dependen de esas rutas, qué
actividades sospechosas se desarrollan en sus aguas, qué amenazas pueden
afectar a los puertos y qué capacidad existe para responder rápidamente a una
crisis.
España ya realiza buena parte de
esa tarea. La Armada mantiene operaciones de presencia, vigilancia y disuasión
en el Estrecho y el mar de Alborán. Pero precisamente ese esfuerzo español
demuestra la paradoja: España está defendiendo una posición que es española y
europea al mismo tiempo, mientras Europa apenas aparece.
No se trata de apropiarse del
Estrecho. Se trata de no perder capacidad sobre él. El Estrecho está sometido
al régimen internacional de navegación y no puede convertirse en un lago
europeo cerrado. Pero una cosa es garantizar la libertad de navegación y otra
muy distinta renunciar a la vigilancia, la inteligencia, la seguridad y la
capacidad de respuesta.
Y aquí aparece una cuestión que
merece mucha más atención de la que ha recibido hasta ahora. Europa no solo
está perdiendo presencia estratégica en el Estrecho: lleva años retrocediendo
en buena parte del norte de África y del Sahel, dejando espacios que otros
actores no dudan en ocupar. Marruecos, mientras tanto, aspira cada vez más a
convertirse en una potencia bisagra entre Europa, África y Estados Unidos.
Mientras tanto, Rabat mantiene
abierta y públicamente su reivindicación de Ceuta y Melilla y la formula hoy
desde una posición internacional mucho más favorable que hace unos años. El
acercamiento estratégico de Marruecos a Washington e Israel no significa que
estos países hayan adoptado oficialmente la reivindicación marroquí sobre las
dos ciudades -no existe tal posición oficial-, pero sí ha creado un entorno
internacional en el que la cuestión empieza a aparecer con una naturalidad que
debería preocupar a España y a Europa.
La geopolítica suele ser bastante
menos cinematográfica que una conspiración. No hace falta imaginar un plan
coordinado para expulsar a España de Ceuta y Melilla. Basta con observar cómo
cambian las posiciones relativas de los actores. Cuando uno reduce su
presencia, otro aumenta la suya. Y si Europa pierde capacidad en el norte de
África, mientras Marruecos gana peso, amplía sus alianzas y fortalece su
posición en torno al Estrecho y hacia el Sahel, el equilibrio estratégico
también cambia. El peligro no es solamente que algún día se cuestione
formalmente la soberanía española sobre Ceuta y Melilla. Es que Europa vaya
perdiendo, sin necesidad de que nadie se la arrebate, la posición estratégica
que esas dos ciudades le proporcionan en la orilla sur del Estrecho.
Por eso la cuestión de Ceuta y
Melilla no puede reducirse a preservar dos ciudades españolas frente a las
reivindicaciones territoriales de Marruecos. Está en juego también la posición
estratégica europea en el Estrecho.
Europa no tiene que controlar el
Estrecho para proteger sus intereses. Tiene que ser capaz de vigilarlo y de
defender esos intereses. Y eso exige presencia. Porque Ceuta y Melilla no son
importantes únicamente por ser territorio español o por constituir una frontera
exterior de la Unión. Lo son también porque permiten a Europa mantener una
posición estratégica propia en la orilla sur del Estrecho.
Si esa posición se debilitara y
fuera sustituida progresivamente por la influencia y las capacidades de
terceros, Europa podría conservar formalmente sus fronteras y, sin embargo,
perder parte de su capacidad real para conocer, vigilar y proteger uno de sus
principales corredores marítimos. Ése es un riesgo mucho más serio que el de
una crisis migratoria puntual.
De frontera española a
responsabilidad europea
Puede que hoy Ceuta y Melilla
sigan siendo consideradas en muchas capitales europeas, sobre todo, un problema
español. Precisamente por eso conviene preguntarse si no ha llegado el momento
de dejar de verla así.
Aquí está quizá la verdadera
lección de la crisis.
Europa reaccionó cuando la
frontera estuvo bajo presión, pero reaccionar no es lo mismo que estar
presente. Frontex puede ayudar cuando llega una crisis. La solidaridad política
puede ser importante. Los fondos europeos pueden aliviar sus consecuencias.
Pero ninguna de esas cosas sustituye una capacidad permanente.
Una frontera no se defiende
solamente cuando miles de personas intentan cruzarla. Se defiende antes, con
información, vigilancia, inteligencia, tecnología, coordinación y capacidad de
respuesta. Se defiende con presencia.
Por eso España debería plantear y
exigir a la Unión Europea algo más ambicioso que otra declaración de
solidaridad o financiación puntual: la creación en Ceuta y Melilla de dos
Centros Europeos de Seguridad del Flanco Sur.
No serían bases militares de la
Unión Europea en el sentido clásico. La UE no dispone de un ejército propio ni
de una estructura de defensa equivalente a la de un Estado. Serían centros
europeos permanentes de coordinación, vigilancia y seguridad, con presencia y
participación estable de unidades y personal de las instituciones y agencias
europeas, junto a las capacidades españolas.
En ellos podrían integrarse
vigilancia marítima y aérea, Frontex, equipos europeos de inteligencia y
análisis de riesgos, Guardia Civil y Policía, Armada y Fuerzas Armadas, drones
y satélites, ciberseguridad, protección de infraestructuras críticas,
seguimiento de tráficos ilícitos y conocimiento permanente del entorno
marítimo. No se trataría, por tanto, de una cooperación europea ocasional, sino
de una presencia europea permanente sobre el terreno, capaz de compartir
información, coordinar respuestas y actuar ante una crisis. Su puesta en marcha
no exigiría un nuevo tratado ni una reforma institucional: bastaría con ampliar
el mandato de coordinación que ya ejercen Frontex y las agencias europeas
existentes, dotándolo de presencia física y permanente sobre el terreno. Es
previsible que una mayor presencia europea en Ceuta y Melilla no sea recibida
con entusiasmo en Rabat. Pero precisamente por eso debe existir: la relación
con Marruecos puede y debe ser de cooperación, pero no puede llegar al punto de
que el temor a su reacción determine la presencia de Europa en una de sus
fronteras exteriores.
La ventaja sería doble: por un
lado, permitiría convertir en europea una responsabilidad que hoy recae
fundamentalmente sobre España. Por otro, tendría un efecto de disuasión. No
porque haya que provocar a Marruecos, sino exactamente, por lo contrario:
porque la mejor manera de evitar que una crisis bilateral se convierta en una
crisis europea es hacer que Europa esté presente antes de que la crisis llegue.
No es lo mismo que Marruecos
contemple una frontera española que una frontera española en la que existe una
presencia europea permanente. Dos ciudades, dos puertas, dos posiciones
avanzadas y una misma responsabilidad europea.
Cooperación con Marruecos,
dependencia nunca
Todo esto debe hacerse sin caer
en el error contrario: convertir a Marruecos en un enemigo.
Marruecos es un socio
imprescindible. De ahí que haya que tratarlo como tal. España y Europa
necesitan cooperación con Rabat. Pero una asociación estratégica no significa
entregar a un tercero el mando indirecto de una frontera propia. Cooperación
sí, dependencia no.
Si Europa proporciona dinero y
medios para controlar la inmigración, debe poder comprobar los resultados. Si
Marruecos se compromete a controlar sus fronteras, los compromisos deben ser
verificables. Si se producen episodios extraordinarios de presión migratoria,
debe existir un mecanismo automático de respuesta europeo. Y si alguien utiliza
la inmigración como instrumento de presión política, la respuesta no puede depender
exclusivamente de una negociación bilateral entre Madrid y Rabat. Porque ahí
está precisamente el error que hemos cometido durante demasiado tiempo:
confundir la gestión de una frontera con la externalización de su seguridad.
Es posible que Europa todavía no
considere Ceuta una cuestión estratégica. Y quizá ahí resida precisamente el
problema. La miopía europea ante una realidad que se está configurando
alrededor del Estrecho y del norte de África puede acabar teniendo un coste
mucho mayor que el de cualquier crisis migratoria puntual. Los intereses
nacionales de otros actores no van a esperar a que Europa decida qué quiere
hacer con el Sur.
Por eso también corresponde a la
diplomacia española dejar de actuar condicionada por el temor a las posibles represalias
de Marruecos y plantear con firmeza, perseverancia y visión europea la
necesidad de una presencia permanente de la Unión en Ceuta y Melilla. El
objetivo no es buscar una confrontación con Rabat: es dejar claro que la
cooperación no puede convertirse en dependencia y que una frontera europea no
puede estar estratégicamente sola.
No hace falta esperar a que una
crisis demuestre por tercera vez lo que ya sabemos. Ceuta no es donde termina
Europa. Es donde Europa empieza a preguntarse si está dispuesta a defender no
solo el Este sino también el Sur.
Carlos M. Ortiz Bru

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