¿Estamos educando niños que no soportan el “no”?
Se
enfada por todo. No soporta perder. Si algo no le sale a la primera, lo deja.
Maestros, orientadores y familias reconocen bien este tipo de escenas: un niño
intenta encajar una pieza, no entra, lo prueba de nuevo y, antes de intentarlo
una tercera vez, rompe a llorar. Un adulto se acerca, coloca la pieza en su
sitio y dice: “Ya está”. El conflicto dura diez segundos. Lo que se pierde en
esos diez segundos puede durar bastante más: una oportunidad para probar,
equivocarse y volver a intentarlo.
Equivocarse,
esperar un turno, perder un juego, escuchar un “no” o recoger los juguetes
cuando apetece seguir jugando forma parte de la vida cotidiana de cualquier
niño. También lo hacen las rabietas, el enfado y la dificultad para manejar
determinadas emociones. Durante los primeros años, estas respuestas no deben
interpretarse automáticamente como señales de un problema: la autorregulación
todavía está en pleno desarrollo.
Pero es
muy importante cómo actuamos los adultos ante esas situaciones. Si intervenimos
siempre para evitar el malestar, resolver la dificultad o eliminar cualquier
obstáculo, reducimos también las oportunidades que tiene el niño para aprender
qué hacer cuando las cosas no salen como esperaba.
Frustración
y autorregulación
La
tolerancia a la frustración está relacionada con la capacidad para regular las
emociones. La investigación ha encontrado que una baja tolerancia a la
frustración durante la infancia se relaciona con determinadas conductas, como
una mayor expresión de ira o agresividad. Esto no significa que un niño que se
enfada porque no consigue terminar un puzle vaya a tener problemas en el
futuro. El desarrollo infantil es mucho más complejo y depende de muchos
factores.
Tampoco
disponemos de datos que permitan afirmar que los niños de hoy sean menos
tolerantes a la frustración que los de generaciones anteriores. Quizá, por
tanto, la pregunta no sea si los niños actuales soportan menos el “no”, sino si
los adultos estamos dejando suficientes oportunidades para que aprendan a
afrontarlo.
¿Los
estamos protegiendo demasiado?
Ayudar
a un niño es necesario. Hacer continuamente por él aquello que puede empezar a
intentar por sí mismo es otra cosa. Atarle los cordones porque tenemos prisa,
terminar una construcción porque comienza a enfadarse, intervenir
inmediatamente en un conflicto con otro niño o tratar de evitar cualquier
disgusto son situaciones muy habituales.
Casi
siempre lo hacemos con buena intención. Queremos ayudar, evitar que lo pase mal
o simplemente llegar a tiempo. El problema aparece cuando la ayuda sustituye de
manera habitual la iniciativa del niño.
La
investigación académica en torno a la “sobreparentalidad” (esa manera de criar
tan protectora) muestra que una intervención excesiva de los adultos se
relaciona con una mayor presencia de dificultades emocionales. Esta relación se
ha observado especialmente en adolescentes y adultos jóvenes, por lo que
todavía disponemos de menos evidencia para saber hasta qué punto se produce de
la misma manera en niños pequeños.
En los
primeros años de vida, resulta más útil pensar en términos de autonomía
progresiva: observar qué puede hacer el niño por sí mismo, qué ayuda necesita
todavía y cuándo podemos empezar a retirarla. Acompañar no significa dejarle
solo ante una dificultad, pero tampoco resolverla antes de que haya tenido la
oportunidad de intentarlo.
Aprender
también significa equivocarse
Algo
parecido ocurre en el aula. Las metodologías activas buscan precisamente que el
alumno participe en su propio aprendizaje. Explorar, tomar decisiones, hacer
preguntas, comprobar qué ocurre, equivocarse y probar de otra manera forman
parte de ese proceso.
Sin
embargo, podemos preparar una actividad muy participativa y, al mismo tiempo,
intervenir en cuanto aparece el error. Si damos la respuesta demasiado pronto o
dirigimos cada paso, el margen que dejamos al niño para pensar y decidir
disminuye.
Con la
educación emocional también hay que dar un paso atrás antes de intervenir.
Aprender a reconocer y nombrar las emociones es importante, pero no suficiente.
La frustración no se aprende a manejar únicamente hablando sobre ella. Se
aprende también cuando aparece: esperando un turno, perdiendo una partida,
compartiendo con otros, intentando terminar algo difícil o descubriendo que una
solución no funciona.
El
juego, terreno de aprendizaje básico
El
juego ofrece muchas oportunidades para enfrentarse a pequeñas dificultades en
un entorno seguro. Una construcción se cae, otro niño cambia las reglas,
alguien gana y alguien pierde. Son situaciones cotidianas en las que aparecen
emociones reales y en las que el niño puede aprender poco a poco a esperar,
adaptarse y buscar alternativas.
Las
investigaciones sobre juego guiado muestran que la presencia del adulto puede
favorecer determinados aprendizajes, siempre que no termine dirigiendo toda la
actividad. El adulto puede preparar el entorno, plantear un reto, hacer una
pregunta o dar alguna pista, pero dejando que sea el niño quien siga pensando,
probando y tomando decisiones.
No se
trata de sustituir el juego libre ni de convertir cada momento de juego en una
actividad dirigida. Se trata de entender que el adulto puede acompañar sin
apropiarse de la experiencia. Un “¿Qué podrías probar ahora?” ofrece algo muy
diferente de un “Mira, se hace así”.
¿Qué
podemos hacer?
La
teoría de la autodeterminación señala la importancia de tres necesidades
psicológicas básicas: autonomía, competencia y vinculación. En un niño pequeño
pueden verse en situaciones muy sencillas: poder tomar algunas decisiones,
comprobar que es capaz de superar un reto ajustado a sus posibilidades y saber
que existe un adulto disponible cuando realmente necesita ayuda.
En el
aula podemos esperar unos segundos antes de intervenir, adaptar la dificultad
de una actividad, ofrecer una pista en lugar de la solución o preguntar: “¿Qué
otra cosa podrías intentar?”. En casa podemos dejar que termine una tarea
aunque tarde más, permitir que pierda un juego y se enfade, reconocer lo que
siente sin hacer desaparecer inmediatamente la causa de su malestar y
transmitirle que puede volver a intentarlo.
Equilibrio
entre proteger y crecer
No se
trata de provocar frustración deliberadamente, ignorar el llanto o dejar solo a
un niño para que “se haga fuerte”. Tampoco de convertir cada dificultad
cotidiana en una lección. Se trata de encontrar un equilibrio entre proteger y
permitir crecer: estar disponibles cuando nos necesitan sin impedirles
descubrir lo que pueden hacer por sí mismos.
La
resiliencia no significa acostumbrarse a sufrir ni soportarlo todo. En
psicología del desarrollo se refiere a procesos de adaptación positiva ante
situaciones de adversidad significativa.
Perder
una partida, esperar un turno o no conseguir montar una pieza no son
situaciones de adversidad. Pero esas pequeñas frustraciones cotidianas sí
pueden ofrecer oportunidades para practicar habilidades que resultan
importantes: esperar, regular una emoción, pedir ayuda, cambiar de estrategia y
volver a intentarlo.
Cuando
una pieza no encaja, cuando otro niño gana, cuando toca esperar o cuando la
respuesta es “no”, el adulto sigue siendo imprescindible. Pero no
siempre para colocar la pieza. A veces, simplemente, para quedarse cerca
mientras el niño descubre dónde encaja.
Elisa Lozano Berdasco
Belén Poveda García-Noblejas
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